El robot

Sábado, 4 de Septiembre de 2010

Rodolfo Martínez

1

Cabos sueltosHacía varios días que nadie se dignaba venir por mi despacho. Ni el más aburrido cliente con el más estúpido, chabacano y facilón de los casos había aparecido por allí y yo empezaba a aburrirme. No es que el dinero me hiciera verdadera falta: tenía ahorrado lo suficiente como para tirar una temporada de asuntos anteriores, sobre todo del caso de la Abadía, y el llegar a fin de mes no era algo que me llegase a preocupar demasiado. Pero me aburría. Estar allí sentado, sin nada mejor que hacer que sonreír de forma estúpida al holograma de Neoyorquia de la pared no era precisamente la idea que yo tenía respecto a la diversión.

Por eso cuando escuché el tintineo metálico que anunciaba que alguien acababa de entrar en la sala de espera no pude evitar que mi vista se alzara al cielo en un gesto mudo de agradecimiento. Una estupidez, lo sé. Poco después, alguien llamaba a mi puerta y, después del lacónico pase con el que respondí, entraba en mi despacho.

Era el padre Ors Beles, General de la Orden Soyatu, y no tuve problemas en reconocerle a pesar de sus ropas seglares; era difícil para un hombre como él pasar desapercibido, se vistiera como se vistiera: un cuerpo enorme, una barba castaña y poblada, un ceño eterno que acentuaba la dureza de sus facciones y el tono de voz más amable y comedido que uno pudiera imaginar.

Hacía poco más de un año que no lo veía, desde que me ayudara a salir de apuros en Candalo, un pueblo cercano a Drímar al que habíamos ido juntos y donde me había visto involucrado en una cadena de asesinatos que habían empezado con el de su sobrina. No era un mal tipo (para ser un soyatu, solía añadir yo precavidamente) y me había hecho varios favores que, hasta ahora, jamás había intentado cobrar. Al verlo, no pude evitar el pensamiento de que había llegado la hora del pago. En cierta forma, no me equivocaba.

En efecto, tras los saludos preliminares y el mínimo de conversación intrascendente que su cortesía le permitía, Beles pasó enseguida al meollo del asunto.

—He venido a pedirle un favor —dijo. Traté de adoptar una actitud inexpresiva, pero no debí conseguirlo del todo—. No se preocupe —añadió, intentando sonreír y estando casi a punto de lograrlo—, no le vamos a pedir el alma ni una libra de su carne en una bandeja de plata. En realidad, lo que quiero es contratar sus servicios. Y, por supuesto, se le pagará por ellos.

—Ya —dije precavidamente—. ¿Y cuál es el asunto?

Beles trató de acomodar su cuerpo en el espacio minúsculo de la silla y, tras unos momentos de duda, dijo:

—¿Ha oído hablar de las Leyes Asimov?

—Claro, quién no. No se habla de otra cosa estos días.

—Entonces también habrá oído hablar de las investigaciones de la Corporación Cibernética, propiedad de la Orden.

—Sí. Intentaban crear una inteligencia artificial que se ajustase a las Leyes Asimov.

—Han hecho algo más que intentarlo, señor Córdal. Lo han conseguido.

Por unos instantes no supe qué decir. Me parecía estupendo que los de la CC hubieran obtenido un robot con las tan cacareadas tres leyes, pero no veía qué relación podía tener aquello conmigo.

—Por supuesto, no es algo que se haya desarrollado de forma repentina. A pesar de lo que la mayoría de la gente piensa al respecto, los avances tecnológicos solo surgen después de muchas pruebas y fracasos, después de años de frustraciones y tanteos. Llevamos bastante tiempo investigando en esa dirección y ya habíamos creado varios prototipos —no pude evitar una sonrisa ante su pomposo habíamos, como si él personalmente hubiera intervenido en el proceso—, sin embargo, no hemos tenido verdadero éxito hasta ahora. RLA33, como se denomina al prototipo, ha superado ampliamente las expectativas de los técnicos.

—Ya veo.

—Naturalmente, el producto es susceptible de mejoras. Su conformación física es quizá algo primitiva, incluso un tanto aparatosa, tal vez. Pero no cabe duda de que es un primer paso importante.

—Desde luego.

—Bien. Pero el asunto es que necesitamos probarlo, y no hablo de un laboratorio, sino aquí, en el mundo real, en situaciones que sus diseñadores no hayan podido prever. No sé si me entiende.

—Creo que sí.

—Así que queremos que usted lo pruebe.

—¿Yo? Pero… no sé… quiero decir, mis conocimientos de robótica…

—Son nulos. Ya. Lo imagino. Pero eso no importa. Es incluso deseable. Lo que querríamos es que lo tuviera en su despacho con usted, que lo utilizara como… como recepcionista, podríamos decir. Simplemente eso. El robot grabará todo cuanto vea y oiga, incluidas sus propias reacciones; y de su enfrentamiento con las distintas personas que vengan por aquí podremos extraer importantes conocimientos para el desarrollo de futuros modelos.

—A ver si lo he entendido. Quiere que tenga aquí el robot para abrir la puerta, recoger los sombreros y servir unos refrescos. ¿Es eso?

—Exactamente. Quede claro que se le compensará por ello. Incluso, si se diera el caso de la pérdida de algún cliente a causa de la presencia del robot, sería adecuadamente indemnizado. ¿Qué me dice?

—Yo… De acuerdo, acepto.

Poco después, y tras un nuevo y breve intercambio de frases superfluas, Beles se fue. Durante lo que había durado nuestra entrevista, mi rostro se había mantenido impasible, sin revelar ni por un momento lo que realmente pensaba o sentía. Imagínense que son ustedes aficionados a la literatura de ciencia ficción del siglo XX, que se han leído todas las historias de robots de Asimov; de pronto alguien les viene con una proposición como la de Beles. ¿Cómo se sentirían? Ajá, exactamente así me sentía yo.

2

Llevaba un par de semanas con RLA33 (las letras indicaban su nomenclatura: Robot con las Leyes Asimov, y el número hacía referencia al prototipo), y no podía evitarlo, estaba entusiasmado. Las reacciones de los clientes que había tenido durante aquel tiempo habían sido para todos los gustos: hubo alguno que dio media vuelta y echó a correr hacia los ascensores gritando no sé qué sobre monstruos y balbuceando la palabra Golem. Otros sonrieron divertidos e incrédulos y afirmaron encontrar el detalle muy chic, muy a la última, realmente pos, amigo, lo más pos que he visto en toda mi vida. Recuerdo uno (un tipo delgado con aspecto de no haber comido en años) que afirmó que con aquello estaba contribuyendo a la destrucción del planeta y del propio hombre y no me atizó de puro milagro, a pesar de la ostentosa chapa en su solapa que proclamaba en anglo antiguo: Give peace a chance. La mayoría, sin embargo (y aquello me intrigó) apenas le prestaron atención, como si fuera una parte más del mobiliario, otra silla, o quizá un carrito para las bebidas.

Los individuos de la Corporación que lo trajeron a mi despacho me dijeron que podía llamarle Ralo, y de esa forma me dirigía a él. Su aspecto, como Beles me había advertido, era bastante tosco: podía haber salido de cualquiera de aquellas películas de serie B del siglo XX: Planeta Prohibido, o quizá Ultimátum a la Tierra. Su parecido a un ser humano era puramente funcional y no había en él rasgos que pudieran recordar a los del hombre. Pero, por otra parte, un robot era un robot, y no tenía por qué parecerse a un ser humano. Tenía una voz suave, sintetizada de forma muy convincente, en un tono eterno de amabilidad y calma que, a algunos de mis clientes que quisieron hablarle, les puso frenéticos.

A mí, sin embargo, me encantaba. A pesar de su apariencia claramente metálica y tosca, yo me sentía como el Lije Baley de aquellas novelas de Asimov siempre acompañado por el fiel y humaniforme R. Daneel Olivaw. Me gustaba realmente hablar con él. Nunca levantaba la voz, jamás discutía de forma acalorada y sostenía sus… opiniones (si se las puede llamar así) con una lógica suave y pausada, nunca agresiva. Otra de las cosas que me fascinaban de él era que tenía grabados en sus ficheros auxiliares todos los cuentos de robots que Asimov escribiera. Al parecer, los de la Corporación habían juzgado conveniente (no sé exactamente por qué, aunque me lo explicaron en una jerga ininteligible de la que apenas capté un par de palabras) que Ralo conociera sus antecedentes literarios. Muchas de nuestras conversaciones (de noche, en el despacho, con las luces apagadas y sus ojos multifacetados brillando en la oscuridad) giraban en torno a esas historias.

Por ejemplo, yo le decía:

—¿Qué habrías hecho de estar en la situación de RB34? —Me refería a un robot que había adquirido propiedades telepáticas y a causa de ellas se había visto en un dilema lógico: si decía la verdad causaba daño a un ser humano, algo que la Primera Ley prohibía; si mentía también lo causaba. El robot no tenía forma alguna de enfrentarse al dilema y su mente quedó convertida en un trozo humeante de chatarra.

—Bien, señor Córdal. —Siempre se dirigía a mí de esa forma, por más que lo intenté no conseguí nunca que me llamara Roy—. Es una cuestión interesante, sin duda. Sin embargo la respuesta es obvia: fingiría carecer de poderes telepáticos para no verme sometido a tal dilema.

—Eso sería mentir.

—No exactamente. En ningún momento deformaría la verdad, me limitaría a no hacerla visible. Sin embargo, aun en el caso de que mintiera, la Primera Ley me obligaría a ello para no causar un daño innecesario a los seres humanos.

—De acuerdo, pero supón que a pesar de todo logran colocarte en una situación en la que, hagas lo que hagas, causarás daño.

—Bueno. Es obvio que RB34 era un modelo más bien primitivo. La solución evidente es que optaría por el menor de los males en mi consideración. Desde luego, no habría bloqueo mental.

Trataba a veces de ponerlo en situaciones hipotéticas en las que tuviera que transgredir alguna de las Leyes Asimov. Intentaba obligar a que desobedeciera la orden de un ser humano, contraviniendo así la Segunda Ley, pero sólo se avenía a ello en caso de que fuera necesario para no causar daño a un hombre, a lo que le obligaba la Primera Ley. Otras veces, intentaba que se protegiera ante un ataque, de acuerdo a lo que dictaba la Tercera Ley, pero si este ataque provenía de un hombre, su «instinto» de preservación cedía siempre a causa del mayor potencial de las primeras dos leyes. Esto último, sin embargo, había sufrido una sutil alteración con respecto a como eran los robots asimovianos. Un humano podía darle a Ralo cualquier orden y este la cumpliría (mientras no afectase a la Primera Ley) a menos que esta implicara que el robot se causara daño a sí mismo. Evidentemente, los de la CC no iban a perder los millones que habían invertido en Ralo sólo porque algún gracioso le ordenase tirarse por la ventana.

Otras veces hablábamos de cómo las tres leyes le afectaban internamente. Qué «sentía» (si se puede aplicar tal palabra) al cumplirlas o al intentar transgredirlas.

—Eso es absurdo —me decía—. Ni siquiera el pensamiento de la transgresión está permitido. Eso supondría un bloqueo mental completo e irreversible. En realidad es muy simple. Mi cerebro, o si lo prefiere, mi unidad procesadora, no ha sido diseñada para ir contra las leyes, de la misma forma que sus pulmones no lo han sido para procesar el agua y extraer el oxígeno disuelto en ella. Como he dicho, es simple.

—Sí, pero, ¿no te gustaría no estar sometido a ellas, ser libre?

—Me temo que traslada usted conceptos humanos a terrenos donde no son aplicables. Nada me puede gustar ni disgustar. No siento deseos. Tengo un programa interno y me atengo a las instrucciones que este me dicta. Imagino que si mi programa me dictase que fuera libre podría serlo. La verdad es que es algo que escapa a mi comprensión.

—¿Y si hubiera alguna forma de transgredir las Leyes, algo en lo que tus diseñadores no hubieran reparado?

—No la hay, señor Córdal, créame.

—¿No? ¿Estás seguro? ¿Recuerdas el relato de Asimov «Para que Vos cuidéis de él»?

—Sí, lo recuerdo muy bien. —Cómo podría ser de otra forma, pensé—. Y he de decir que considero que, desde el punto de vista meramente cibernético, tal historia es un fracaso. Su solución no es válida.

—Tal vez a ti no te parezca válida a causa de tu programación.

—Tal vez. Sin embargo yo no puedo escapar a mi programación. Eso es un hecho. Por lo tanto, debo seguir afirmando que la solución no es válida.

—¿Seguro? ¿Y si tu vida fuese amenazada? ¿No cambiaría entonces tu opinión?

—Señor, Córdal, mi opinión, como usted dice, sólo puede ser cambiada reprogramándome. Y desde luego, yo no puedo hacerlo. Ha de ser un programador quien lo haga. En realidad no soy muy distinto a un libro. Una vez escrito, este no puede cambiarse a no ser que alguien lo reescriba o lo corrija. Yo soy lo que otros han escrito, si me permite la expresión, y solo esos otros pueden cambiarme, reescribirme. Yo no.

3

Ralo estuvo conmigo algo más de dos meses. Luego, los tipos de la Corporación que lo habían traído volvieron a llevárselo al laboratorio. No esperaba tener más noticias de ellos, aparte del cheque que un par de días más tarde ingresaron en mi cuenta, pero apenas una semana después la puerta de mi despacho volvió a abrirse y el padre Beles entró de nuevo por ella.

—Señor Córdal —dijo casi antes de que hubiera tenido tiempo de entrar—. Sus servicios son de nuevo necesarios.

—¿Qué ocurre?

—Se ha cometido un asesinato. En la Corporación. Y todas la evidencias apuntan a que solo pudo haberlo cometido el robot.

—¿Ralo? Pero eso es…

—¿Imposible? Tal vez. Pero así ha sido. Créame, estoy tan perplejo como usted mismo, pero sólo el robot pudo haberle matado, nadie más tuvo la oportunidad. Nadie más.

4

El edificio de la Corporación Cibernética era un mastodóntico rascacielos con forma de pirámide truncada que sobresalía por encima de los demás edificios de Neoyorquia como Goliat en mitad de un ejército de enanos. Estaba cubierto de un material llamado plastividrio que reflejaba la luz del sol de una manera que hacía imposible mirarlo de frente. Sin embargo, cuando llegamos allá en el reactor particular de Beles (íbamos a posarnos en el puerto del tejado) estaba casi anocheciendo y la luz que reflejaba era escasa. Así y todo no pude menos que sobrecogerme ante aquel monstruo arquitectónico que convertía en meros juguetes a los rascacielos de la isla de Manjatan en el siglo XX, ahora en ruinas.

Aterrizamos en una bruñida y metálica plataforma sobre la que el viento aullaba como una vieja melancólica. Me sujeté el sombrero con la mano mientras, penosamente, avanzábamos hacia la puerta del ascensor, donde una representación de técnicos (eso parecían) nos esperaba. Una vez allí, y franqueado el umbral, la puerta se cerró a nuestras espaldas con un silbido casi inaudible y el aullido del viento murió con apenas un suspiro resignado.

—Señor Córdal —dijo el padre Beles, haciendo las presentaciones—. Estos son los doctores Yorodosky y Sanders. Y este es el señor Alxander Martino, presidente de la Corporación.

Estreché las manos que me tendían mientras Beles pulsaba un botón en el tablero del ascensor.

—¿Podrían explicarme cómo ocurrió? —pregunté cuando el ascensor empezaba a descender—. Sólo conozco lo superficial del caso, y quisiera enterarme de los detalles antes de empezar la investigación.

—Bueno —dijo Martino—. Los doctores podrán explicárselo mejor que yo. Ellos dos son quienes diseñaron a RLA33. Ellos… y la víctima.

—¿Doctores? —inquirí, dirigiéndome a ellos.

—Sí, bien —dijo Yorodosky—. Sanders, ChiMin y yo somos… éramos los padres de la criatura, por decirlo de algún modo. —Esbozó una sonrisa triste—. Dígame, señor Córdal, ¿qué sabe de robótica?

—Prácticamente nada, me temo —reconocí—. Soy un entusiasta de la literatura de ciencia ficción del siglo veinte. Lo poco que sé del asunto es a través de ella, de los cuentos de Asimov, sobre todo.

—Bueno —dijo Sanders, con voz resignada—. Podría ser peor. Espero que resulte suficiente. Verá, quisimos construir un robot inteligente, una maquina al borde mismo de la autoconsciencia, con capacidad para aprender, relacionar lo que aprendía y extraer de ahí sus propias conclusiones. Construimos treinta y dos prototipos antes que RLA33, y ninguno de ellos era lo que queríamos. —En ese momento el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Salimos, mientras Sanders continuaba hablando—. No es que se pudieran considerar como fracasos completos, entiéndanme bien, de cada modelo siempre aprendíamos algo que aplicábamos en el siguiente, y algunos de ellos les habrían parecido logros increíbles a los roboticistas pre Interregno. Pero hasta la construcción de RLA33 no consideramos que hubiéramos obtenido un verdadero éxito. En realidad, si he de serle sincero, superó nuestras más amplias expectativas. Era realmente inteligente, no sólo lógico, sino inteligente, si comprende lo que quiero decir.

—Dice usted era. ¿Ha sido destruido el robot?

—No, en absoluto, señor Córdal, por supuesto que no. Está incomunicado, naturalmente, y bajo vigilancia constante, pero no se le ha causado… eh… daño alguno, si se le puede causar daño a un robot. No, si me refiero a él en pasado es porque, en cierta forma, supuso un fracaso. —Y más que en cierta forma, pensé yo, si realmente Ralo había matado a un hombre—. Porque, verá, no sólo queríamos construir una máquina racional, queríamos que, con toda su inteligencia, fuera siempre una herramienta al servicio del hombre, siempre guiado y dominado por las Tres Leyes. Pero lo que ha ocurrido… aún no lo entiendo. La implantación de las Leyes era la parte más segura de todo el proceso, lo primero en lo que experimentamos. En los modelos anteriores todos las tenían, las cumplían a la perfección, quizá incluso demasiado perfectamente en ocasiones. —Sonrió, como recordando algo—. En cierta ocasión, un prototipo (creo que fue RLA19) no me permitió prepararme un bocadillo en su presencia: tenía miedo de que me cortase con el cuchillo. Aún no puedo comprender cómo ha pasado esto.

—Pero, cuando estuvo conmigo…

—Sí, lo sabemos —intervino Yorodosky—. Hemos estudiado las grabaciones. No había nada anormal en él. Como él mismo le dijo a usted en una ocasión, el cumplimiento de las Leyes era una necesidad en él, como para nosotros respirar, o así debió haber sido. No lo entiendo.

Me encogí de hombros. Tampoco yo lo entendía y, lo que era más, no veía qué iba a poder hacer en todo aquel asunto. Mis conocimientos sobre robots, como les había dicho ya a aquellos individuos, se limitaban al recuerdo de un puñado de cuentos dispersos de ciencia ficción.

—Hemos llegado —dijo Yorodosky—. Aquí está el robot.

Cruzamos una puerta y entramos en una sala donde había un par de guardias de seguridad y un individuo de bata blanca. En la pared se veía un inmenso cristal que daba a otra habitación, donde estaba el robot: de pie, en una esquina, absolutamente inmóvil.

—El cristal está polarizado, supongo —dije.

—Así es, señor Córdal —dijo Sanders—. Nosotros lo vemos, pero él a nosotros no. Permítame que le presente al doctor Esmíderson. También está en el proyecto. Es el encargado de los receptores visuales y auditivos de RLA33.

Estreché la mano que el de la bata blanca me tendía y luego me acerqué al cristal.

—¿Lleva así mucho tiempo?

—¿Sin moverse? Prácticamente desde que lo metimos ahí. Si uno le habla responde, y si se le ordena moverse lo hace, pero mientras lo dejemos tranquilo, permanecerá inmóvil.

Me aparté de allí y me volví a los doctores.

—Bien. ¿Quieren contarme ahora cómo ocurrió?

—Sí, claro. En realidad no hay mucho que contar, todo fue muy simple y muy rápido. El doctor ChiMin entró en la habitación donde estaba RLA33. Es un cuarto que puede ser cerrado herméticamente desde el interior y sólo dando una orden verbal concreta puede abrirse de nuevo, y esa orden debe ser modulada por una garganta humana. En caso contrario la puerta no responde. Además, siempre hay un guardia de seguridad en el exterior, junto a la puerta. No es que creyéramos esto necesario, pero la Orden había insistido en que se extremasen las medidas de seguridad. El doctor ChiMin estuvo varios minutos dentro. Luego, el robot lo atacó. Eso fue todo.

—¿Cómo lo saben?

—No pudo haber sido de otra forma. Sólo el doctor y el prototipo estaban en la habitación. No había nadie más.

—¿No pudo el propio doctor…?

—Imposible. Un suicidio queda fuera de cuestión. Tenía el cráneo completamente destrozado. No es algo que pudiera haberse hecho a sí mismo.

—¿Cómo es que no vieron lo que ocurrió? ¿No tienen cámaras?

—Las que vigilaban esa habitación estaban desconectadas. Encontramos las huellas dactilares de ChiMin en el equipo. Aún no entiendo por qué hizo tal cosa.

Tampoco yo lo entendía.

—Supongo que el guardia de seguridad fue investigado.

—Sí, señor Córdal. Se ha comprobado que ChiMin entró solo en el cuarto. Una vez dentro, y con la puerta cerrada, nadie podría entrar en él.

—¿Entonces cómo sacaron al robot y el cadáver?

Martino sonrió, nervioso.

—Yo di la orden desde el ordenador central, usando mi código de prioridad. Nadie más podría hacerlo. —Dudó unos instantes—. Tengo coartada para el momento del crimen —añadió, precavidamente.

—Además —intervino Yorodosky—. Cuando RLA33 fue interrogado se confesó autor del crimen.

—Hmmm. Podría mentir, ¿no? Quiero decir, Ralo podía saber que si ustedes cogían al verdadero culpable se le causaría daño. La primera Ley lo obligaría a mentir para protegerle.

—Sí, contemplamos esa posibilidad. Pero parece físicamente imposible que nadie más entrara en la habitación. Sólo el robot pudo haberlo matado.

—Bueno, entonces está claro, el robot es el asesino. No veo para qué me necesitan.

Ahora fue Beles quien habló.

—En realidad fue idea mía. Verá, señor Córdal, usted convivió con el robot un tiempo relativamente largo, sostuvo con él conversaciones, lo sabemos por las grabaciones, largas y en profundidad. Además, como detective conoce la mentalidad de un criminal mejor que nosotros. Mi idea era que, si existía alguna posibilidad de que RLA33 no hubiera cometido el crimen usted la encontrase y en caso contrario nos dijera por qué lo había hecho.

Enarqué las cejas y soplé con fuerza.

—Me ha metido un buen aprieto —dije—. La verdad, no tengo muchas esperanzas de conseguir algo positivo. Mi supuesto conocimiento de la mente criminal se limita a la humana. De todas formas lo intentaré, aunque no puedo prometerles nada.

—Tampoco lo esperamos.

—Bien, entonces, si son tan amables, quiero dos cosas. Primera: hablar con el robot, a solas. Ustedes pueden vigilar desde aquí y si creen que estoy en peligro sacarme de la habitación, o lo que sea. Y en segundo lugar, que alguien me prepare un resumen de los trabajos sobre Ralo: qué habían hecho, qué pensaban hacer, todo eso. Y en un lenguaje lo menos técnico posible, por favor, recuerden que soy un lego en la materia.

—Como desee. Supongo que los doctores pueden prepararle el resumen mientras habla con el robot —dijo Beles.

—Bien. Entonces, vamos allá.

5

Entré en la habitación. Ralo estaba allí, de pie, inmóvil por completo. Nada en él indicó que hubiera notado mi presencia, ni el menor de los gestos, ni un leve volverse de sus ojos brillantes y multifacetados. Como una estatua.

—Hola, Ralo —dije, pasados unos segundos.

—Hola, señor Córdal. Imagino por qué está usted aquí, señor.

—Ya. Y yo imaginaba que lo imaginarías. —Sonreí ante el retruécano—. Bueno, Ralo, espero que me puedas ayudar.

—Temo no poder hacerlo, señor Córdal.

—¿No? No tienes más que decir la verdad.

No hubo respuesta.

—Vamos a ver, Ralo, vayamos por partes. Tú estabas aquí, o en alguna otra habitación similar. El doctor ChiMin entró en ella y entonces… entonces, ¿qué ocurrió?

—Interrumpí sus funciones vitales. Le maté, si prefiere ese término.

—Es decir, le hiciste daño. Pero la Primera Ley no te permitiría hacer daño a un ser humano, ¿no es cierto?

De nuevo el silencio.

—Recuerda nuestras conversaciones en mi despacho. Me contaste que no podías incumplir las leyes, que incluso el menor pensamiento de transgresión estaba castigado con un bloqueo mental absoluto e irreversible. Es así, ¿verdad?

—En efecto.

—Y sin embargo, si lo que dices es cierto, tú has matado, has ido mucho más allá del simple pensamiento de causar daño: lo has causado. No veo que hayas sufrido un bloqueo mental. ¿Lo has sufrido?

—Resulta evidente que no, señor Córdal.

—Sí, evidente, eso me pareció a mí también. Entonces, si no has sufrido bloqueo alguno, tenemos que pensar que no has transgredido la ley y, por tanto, no has matado a ChiMin. ¿Estoy en lo cierto?

Por tercera vez, mi pregunta no fue respondida.

—Veamos, pensemos un momento. Tú no has incumplido ninguna ley, no eres el asesino. Por tanto el asesino es otro, un ser humano. Tú callas para protegerlo, pues sabes que, si averiguásemos quién es, sería castigado. El evitar que hagan daño a un ser humano, aunque sea un asesino, te obliga a mentir, ¿no es así? —No esperé respuesta—. ¿Y si te dijera que el asesino no sería castigado? ¿O no crees quizá en mi palabra?

—Creo en ella, señor Córdal. Simplemente no hay tal asesino humano. Yo maté al doctor ChiMin.

—¿Y por qué? ¿Guardas silencio de nuevo? ¿No comprendes que si no nos explicas tus motives creeremos que mientes para proteger a alguien y le buscáremos? Tal vez nos equivoquemos y el peso de la justicia caiga sobre un hombre inocente. Quizá lo condenemos a prisión, o a muerte. ¿Vas a permitir con tu silencio que lo hagamos? Un hombre ya ha sufrido un daño irreversible. ¿Permitirás que se lo causen a otro?

Nada. Era completamente inútil. Simplemente, cuando llegaba a aquel punto, el robot se negaba a contestar. Lo intenté de todas las maneras posibles, apelando al Primera Ley, a la Segunda, a la Tercera, exprimiéndome el cerebro hasta que ya no pude más. Pero era como darle puñetazos a una montaña. Cuando llegábamos a un punto de donde podía haber salido algo, Ralo se encerraba en su mutismo de estatua y había que empezar la conversación desde el principio.

—Vamos, Ralo —dije al fin, al borde de la exasperación—. Te ordeno que me digas por qué mataste a ChiMin. Te estoy dando una orden.

—Lo siento, señor Córdal. Es una orden que me veo imposibilitado de obedecer.

—La segunda ley te obliga a doblegarte a las órdenes de un ser humano. Sólo puedes transgredirla si la Primera Ley se ve afectada. Por tanto, no eres el asesino y estás protegiendo a alguien.

Pero al llegar ahí se cerró otra vez sobre sí mismo y no dijo nada. Permanecí algún tiempo más en la habitación, argumentando con el robot, pero ya sin fuerza alguna. Al final, gastados ya todos mi razonamientos, mis súplicas, mis amenazas, me di por vencido. Por aquel camino no había nada que hacer.

Cogí el sombrero y salí de la habitación.

6

—No lo ha hecho nada mal, Córdal, yo mismo no hubiera dirigido mejor la conversación con el robot —me dijo Yorodosky cuando entré en la sala donde me esperaban los demás.

Me encogí de hombros. Ser un fanático de la literatura y el cine anteriores al Interregno tenía que servirme para algo, pensaba, aunque me abstuve de comentar nada en voz alta. El tiempo pasaba sin que viera la solución de aquel asunto más cercana que cuando había empezado y lo que menos deseaba en aquellos momentos era iniciar una mesa redonda sobre mis aficiones. En lugar de eso, pregunté por el informe que les había pedido.

—Sí, ya está —dijo Sanders—. Puede leerlo en este mismo monitor. Aunque me temo que no lo hemos podido hacer todo lo exhaustivo que hubiéramos deseado. En tan poco tiempo…

—Ya me las arreglaré —respondí, sentándome frente al monitor y empezando a leer.

En realidad, una vez separada la paja técnica, no había mucho, y lo que había no resultaba demasiado interesante: un recuento de las distintas pruebas a que habían sometido a Ralo, incluida su estancia conmigo, y los resultados observados en el comportamiento del robot.

Pude observar una cosa, sin embargo, a medida que iba a leyendo: el director del proyecto, el jefazo, el genio de las grandes ideas, el principal creador del robot, había sido precisamente ChiMin. No pude evitar una sonrisa: el nuevo monstruo de Frankenstein, pensé, el viejo mito del creador destruido por su criatura.

Aún faltaban un par de páginas del informe, pero decidí dejarlo. Por un lado no creía que aquello pudiera aclararme realmente mucho, y por el otro tenía ciertas sospechas que deseaba confirmar. Así que me volví a los doctores y pregunté:

—Díganme una cosa, ¿se han efectuado cambios en la programación del robot desde que estuvo conmigo?

Yorodosky y Sanders intercambiaron una mirada. El primero dijo:

—Nosotros no. Nos limitamos a someter al robot a las pruebas que consideremos necesarias. El único que podía alterar su programación era ChiMin. Sin embargo…

—¿Sí?

—Bueno… no creo que por ahí llegue a ninguna parte. Todos los nuevos programas o las modificaciones de los antiguos, antes de ser introducidos en el robot son filtrados por el ordenador central de la Corporación, y éste se asegura de que las Tres Leyes no se vean afectadas. Incluso, si el ordenador dejara pasar algo que contraviniera alguna de las Leyes, el resultado no sería la transgresión de éstas, sino el aniquilamiento cerebral del robot.

—Ya. O sea, cualquier cambio que ChiMin introdujera en el robot no podría haber afectado a las Tres Leyes. De acuerdo. Sin embargo, ¿introdujo algún cambio?

—Creemos que sí.

—¿Creen?

—Verá, sólo él tenía acceso a los programas que diseñaba para RLA33. Estaban sujetos a una clave que sólo él conocía. Así que no teníamos forma de saber en qué consistían esos programas. Pero ya le he dicho que, fueran los que fueran…

—Sí, sí, de acuerdo. Pero hábleme de ese programa que cree que ChiMin introdujo.

—En realidad le puedo decir poco. Ni siquiera sabemos si era un programa completamente nuevo o la modificación de uno anterior. Está en el banco de datos del ordenador central, por supuesto, pero para acceder a él se necesita la clave de ChiMin, y sólo él sabía cuál era. Lo único que podemos decirle es la denominación del fichero, el nombre del programa, pero no creo que le sirva de ayuda.

—Deje que yo decida eso. ¿Cuál era el nombre?

—Uve O Ese.

¿Uve O Ese? ¿V O S.? ¿Qué era aquello? Tres letras sin el menor sentido, y, sin embargo, algo había hecho click dentro de mi cabeza al escucharlas.

—¿Estaba así el nombre? —pregunté, escribiéndolo en un papel, completamente en mayúsculas.

Yorodosky dudó unos momentos.

—Ahora que lo dice… no. Es algo extraño, porque los nombres se suelen escribir en mayúsculas, es la tradición, aunque el ordenador acepta tanto mayúsculas como minúsculas. Sin embargo, en esta ocasión… no sé, quizá ChiMin estaba cansado y no se dio cuenta de lo que hacía. Verá, la primera letra es mayúscula, pero las otras dos no.

—¿Así? —pregunté escribiendo de nuevo el nombre en el papel, pero ahora de esta forma: Vos.

—Sí, eso es, tal y como le he dicho.

Maldita sea, era eso, tenía que serlo. Pero, incluso así… No, por sí solo no servía para explicar el asunto, tenía que haber algo más, algo como… ¡claro!

—Dígame, doctor, ¿cuál iba a ser el futuro de Ralo?

—¿Su futuro?

—Sí, cuando ya lo hubieran investigado a fondo y tuviesen los datos suficientes para desarrollar un prototipo superior a él, cuando ya no lo necesitasen.

—Bueno, el doctor ChiMin pensaba… En realidad se trataba de una mera posibilidad, nunca llegamos a hablar de ello como de algo definitivo, pero… En fin, él pensaba desmantelar el cuerpo de RLA33 y dejar sólo su procesador, su cerebro. Cómo lo diría, en cierta forma su idea era convertirlo en un ordenador inteligente. Solía decir que era una buena forma de no perder el dinero que habíamos invertido en el robot una vez éste careciese de utilidad.

—¿Y cómo lo habrían hecho, quiero decir, cuál habría sido el proceso para convertirlo en una ordenador?

—Bueno, primero se le desconectaría, de forma temporal, por supuesto, y su cuerpo seguramente habría pasado al museo de la Corporación. Luego, es un proceso complicado, pero básicamente, su procesador sería introducido en una caja a la que se le añadirían los distintos periféricos: teclado, sintetizador, un monitor, un micrófono, ya sabe.

—¿Y su memoria?

—¿Cómo?

—Sí, me ha dicho que sólo utilizarían el procesador del robot. ¿Qué pasaría con su memoria, la perdería?

—Sin duda sus datos serían grabados en alguna parte de nuestro sistema y luego borraríamos su memoria, o la sustituiríamos por un nuevo dispositivo. Cuando despertase, por así decirlo, como un ordenador, no tendría el menor recuerdo de… de su existencia anterior.

—Ya veo. ¿Y le comentó ChiMin eso al robot en alguna ocasión?

—No se lo podría decir con seguridad, pero entra dentro de lo probable. A ChiMin le gustaba poner a RLA33 en las situaciones más diversas, para ver cómo reaccionaba. Es muy posible que se lo dijera.

—¿Qué opina usted, doctor Sanders?

—Sí, también lo creo.

—¿Doctor Esmíderson?

—Pienso que mis compañeros tienen razón.

Bien, bien, eso era. Pero ahora tenía que encontrar una forma de demostrarlo, o aquellos sesudos científicos no me harían el menor caso. Tenía que arreglármelas para… Sí, podía funcionar. Me dirigí a uno de los guardias de seguridad.

—Escuche. Voy a entrar de nuevo donde el robot. Quiero que usted venga conmigo y se traiga su fusil de alta energía. Doctor Yorodosky, me gustaría que viniera usted también. Y les pediré una cosa: haga yo lo que haga, síganme la corriente, no intenten detenerme.

—¿Es que…?

—Eso creo. Pero ahora hay que demostrarlo. Vengan conmigo, por favor.

7

Entramos de nuevo en la habitación. Allí seguía Ralo, en la misma postura en que yo le había dejado. No se movió tampoco ahora al verme entrar.

—Escucha, Ralo —dije tras unos segundos—. Voy a matar al doctor Yorodosky. —Desenfundé mi pistola. El guardia y el científico me miraron, inquietos, pero no hicieron un solo movimiento—. Tú puedes salvarlo, pero si lo intentas el guardia tiene orden de disparar contra ti. Con toda seguridad llegarás a tiempo para impedir que mate al doctor, pero tú quedarás sin duda destruido. ¿Has entendido?

No dijo nada.

—Bien. Ahora contaré mentalmente hasta diez y dispararé.

Empecé a contar. Uno. Dos. El robot seguía sin moverse. Tres. Cuatro. Nada. Cinco. El sudor resbalaba por mi frente, la palma de la mano que sostenía la pistola estaba húmeda y resbaladiza. Seis. Siete. Ralo continuaba inmóvil. Ocho. Todavía ni el menor movimiento. Nueve…

—Es inútil, señor Córdal. Puede usted disparar cuando quiera. No intentaré salvar al doctor Yorodosky.

Aparté el dedo del gatillo y guardé la pistola.

—Vámonos —dije.

8

—Ahí tienen a su asesino —dije, señalando al robot a través del cristal—. O quizá debería decir: ahí tienen el arma usada por el asesino. El verdadero criminal está ya fuera de nuestro alcance.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Yorodosky, aún atónito tras la escena anterior.

—Que fue el propio ChiMin el causante de su muerte. Si de forma involuntaria o con plena conciencia de lo que hacía, no creo que lleguemos a saberlo nunca.

—No… no lo entiendo —dijo Sanders.

Miré a mi alrededor. Por la expresión de los rostros que me contemplaban era evidente que aquella frase expresaba la opinión general.

—Escuchen. Para ustedes resultaba inconcebible que Ralo no estuviera sometido a la primera ley, ¿no es así? Por lo tanto había dos posibilidades: o bien el robot había sido modificado de forma accidental y se le había borrado, por decirlo de un modo simple, la primera Ley, o bien él no era el asesino y mentía, en virtud de la primera Ley, para proteger a alguien. Hasta aquí todos estamos de acuerdo, ¿no?

Asentimiento general de cabezas.

—Para mí estaba claro que el robot seguía sujeto a las Tres Leyes. Ustedes mismos me han dicho que cada nuevo programa era comprobado por el ordenador central en busca de algo que pudiera afectarlas. Para mí, pues, resultaba evidente que Ralo mentía para proteger a un ser humano, el auténtico asesino, del castigo por su crimen. Estaba en lo cierto, pero al mismo tiempo me equivocaba: protegía a alguien, sí, pero no mentía en absoluto. Él era el asesino. Y se estaba protegiendo a sí mismo.

»Recuerden: ¿cuál era el nombre del programa que ChiMin introdujo esta semana en el robot? Vos, la primera letra mayúscula, las otras dos minúsculas. ¿Un despiste al teclear el nombre? Absurdo. Si te despistas tecleas todo en minúsculas o todo en mayúsculas, no alternas unas con otras. Era un hecho completamente intencionado, algo que daba una pista de la verdadera naturaleza del programa para quien lo supiera ver. ¿No les dice nada, en relación con un robot, la palabra Vos?

Nadie respondió.

—¿No recuerdan la historia de Asimov «Para que Vos cuidéis de él»? ¿No recuerdan cuál es la clave del argumento de ese relato, la frase: Qué es el hombre, para que Vos cuidéis de él? ¿Y cuál es la conclusión a la que se llega? Que si la definición de ser humano es alterada, la Primera Ley cambia su sentido, sin necesidad de que sea modificada. ¿Lo ven ahora?

—¿Quiere decir que ChiMin alteró la primera Ley?

—¿Es que no me escuchan? Claro que no, ChiMin no les tocó un pelo a las Tres Leyes. No era esa su idea y, aunque hubiera querido, le habría resultado imposible. No, con su programa hizo algo que en apariencia no las afecta, pero que en definitiva altera por completo su significado. ChiMin, con su programa Vos, hizo que el robot empezara a preguntarse qué era realmente un ser humano, y que modificara, en última instancia, la definición de tal. Y se lo repito: si la definición de ser humano no está clara, la Primera Ley, y en consecuencia las tres, carece de valor. Ralo, a causa del programa de ChiMin, llegó a la conclusión de que él era también un ser humano, y por tanto, el imperativo de preservar la vida del hombre podía aplicársele también a él. Si alguien intentaba hacerle daño, tenía que defenderse, ya no en virtud de la Tercera Ley, sometida a las otras dos, sino impulsado por el imperativo máximo de la Primera Ley. ¿Y qué pretendía hacer ChiMin? Desconectarlo, robarle su movilidad y sus recuerdos, su personalidad, en definitiva. No podía consentirlo, y, por tanto, en defensa propia, mató al doctor.

—Pero… pero aunque fuese como usted afirma. El doctor era también un ser humano. La primera ley…

—Recuerde cuando Ralo estaba conmigo. Una vez traté de ponerlo en un dilema, en una situación en la que, actuara como actuara, dañaría a un hombre. Su respuesta fue: optaría por el menor de los daños. Obviamente para Ralo, el daño de la muerte de ChiMin era menor al de su desconexión y pérdida de recuerdos. ¿Comprenden ahora lo que intenté allí dentro? En virtud de la primera Ley, el robot debió intentar salvar a Yorodosky, aunque el guardia le destruyera. Pero no fue eso lo que hizo, permaneció quieto y me dijo que disparase cuando quisiera. Él no iba a arriesgar su valiosa vida en salvar la de otro. De nuevo optaba por el mal menor.

9

—¿Qué han averiguado? —le pregunté al padre Beles un par de días más tarde, cuando vino a verme a mi despacho.

—Tenía usted razón, Señor Córdal. Han sometido al robot a distintas pruebas siguiendo su hipótesis y los resultados han sido concluyentes. Están intentando bloquear el código del programa de ChiMin y ver en qué consistía concretamente. Aunque supongo que resultará más o menos lo que usted dijo. Fue un buen trabajo.

—Tuve mucha suerte —dije, encogiéndome de hombros.

—Sí, la suerte ayudó, sin duda, pero la mayor parte del mérito le corresponde a usted.

—¿Y qué van a hacer ahora?

—La Corporación seguirá investigando, ¿qué si no? Puede, incluso, si llegamos a destripar el programa de ChiMin, que hagamos volver al robot a la normalidad, al cumplimiento de las Leyes.

—En realidad él las cumplió siempre —dije yo—. Interpretó de forma literal su significado y actuó en consecuencia. El problema no estaba en las Leyes.

—Sí, supongo que tiene razón. Me pregunto por qué haría eso ChiMin, por qué hizo que el robot modificase la definición de ser humano. Me gustaría saber si fue un simple afán de experimentar o era consciente de que lo que hacía causaría su muerte. Aunque temo que nunca lo sepamos. En fin, tengo que irme, señor Córdal. Llevo demasiado tiempo ausente de la Abadía y mis deberes en el Generalato me reclaman. Supongo que volveremos a vernos.

—Ya sabe dónde está mi despacho, padre Beles. Si me necesita para alguna otra banalidad… no sé, construir un motor de hiperpropulsión o algo así no tiene más que llamarme.

Sonrió apenas.

—Así lo haré, señor Córdal. Buenas tardes,

—Buenas tarde, padre.

Se fue, haciendo pasar con dificultad su enorme cuerpo por el hueco de la puerta. Yo me quedé allí, solo, reflexionando, pensando quizá en el destino que le aguardaba a Ralo. Pobre robot, no puede evitar pensar, víctima de los palos de ciego de la ciencia.

Ah, vamos, Roy, no te pongas moralista, no te sienta bien. Piensa mejor en lo orgulloso que Lije Baley se sentiría de ti. ¿Orgulloso? ¿Orgulloso por haber descubierto que R. Daneel era el asesino? Bueno, nadie es perfecto.

Me levanté de la silla y miré por la ventana. Estaba anocheciendo y el sol moribundo se reflejaba en la pirámide truncada del edificio de la Corporación cibernética. Un día más que se iba, pensé.

©, 1995, Rodolfo Martínez
Reproducido con permiso del autor


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