Lágrimas en la ducha, pétalos en la corriente

Viernes, 5 de octubre de 2012

Antonio Castro Guerrero

«Lágrimas en la ducha, pétales en la corriente»» es uno de los relatos que componen la antología Vintage ’62: Marilyn y otros monstruos, seleccionada por Alejandro Castroguer y editada por Sportula.

A mis abuelos, por protagonizar algunos de los recuerdos más entrañables de mi infancia.

* * *

Tod Browning. Tod. Su nombre era toda una declaración de principios. Al nacer los padres le dieron el de su progenitor, Charles, pero años después, al iniciar su carrera como artista de variedades, decidió romper con la tradición familiar sustituyéndolo por Tod, cuya traducción al alemán es muerte. La elección, pues, de su nombre artístico iba a condicionar inevitable y paradójicamente su vida. Y también su filmografía, donde la muerte era uno de sus temas recurrentes sin cuya prevalencia no se entenderían el final trágico de Alonzo en Garras Humanas, ni la obsesión de Phroso en Los pantanos de Zanzíbar, ni el anhelo de perpetuarse de Drácula bebiendo la sangre de sus víctimas. Y, por supuesto, nuestro desencuentro; aún recuerdo a aquel joven que me rehuía antes incluso de que horrorizase a la industria del cine y a los espectadores en las salas de proyección con la vengativa ira de sus monstruos. A excepción de su infancia, nada fue convencional en su existencia. Así que, cuando siendo un adolescente renunció a la seguridad del hogar familiar y encontró su lugar en el mundo del circo, no me extrañó que no se conformase con el papel secundario del charlatán que pregonaba los espectáculos o de payaso junto a los Ringling Brothers; estaba dispuesto a estremecer al público protagonizando su propio número, aunque para ello debiese poner en riesgo su propia vida.

* * *

—¿Qué opinión le merece esto, agente?

—Pues que no hay derecho, a que, además de pagarnos poco, tengamos que trabajar en festivos y fines de semana sin horario concreto. Trabajar como policía no es rentable, ¿no le parece, jefe? A veces pienso en dejarlo.

—No me refería a eso, agente.

—Ah, perdone usted, jefe. Le había malinterpretado y creía que preguntaba por…

—Al grano, por favor.

—Por supuesto, jefe. Después de una primera inspección ocular, todo apunta a que la muerte se produjo de forma natural. No hay indicios de lucha. Tampoco señales de que las puertas hayan sido forzadas. El fallecido vivía solo. Debió sufrir un desvanecimiento y le resultó imposible pedir ayuda. Tiene que ser realmente triste morir así, ¿no le parece, jefe?

—A mí no me parece nada y menos tratándose de la muerte. Cíñase a los hechos, por favor. ¿Qué sabemos del fallecido?

—Según la documentación encontrada, tenía 82 años y se llamaba Charles Albert Browning. Pero hemos encontrado cartas dirigidas a nombre de Tod Browning. Ya estamos investigando este extremo. En breve sabremos algo. Por cierto, uno de los agentes judiciales dice haber reconocido al fallecido y asegura que era alguien importante en el mundo de cine.

—Pues a mí no me suena su cara. ¿Seguro que era alguien importante?

—Eso dice.

—No digo que no, agente, pero yo no lo conozco.

—Ya nos podía haber tocado, jefe, el caso de Marilyn Monroe. Un par de meses antes y lo mismo estábamos investigando su muerte. No es que sea la forma idónea de conocer de cerca a una estrella de cine, pero al menos habríamos aparecido en los periódicos.

—Deje de soñar, agente, y averigüe todo lo posible acerca de la personalidad del fallecido.

—A sus órdenes, jefe.

—Y de paso hágame un favor: búsqueme un periódico. Necesito echarle un vistazo a la cartelera. Mi mujer se ha empeñado en ver una película que estrenaron hace meses y que ahora proyectan en el cine de nuestro barrio. A cierta edad las mujeres se vuelven caprichosas. Mira que interesarse por una película que se llama El entierro prematuro. Eso no se le ocurre a nadie. ¡Con la mala espina que a mí me da todo lo relacionado con la muerte! Yo creo que lo hace para fastidiarme.

* * *

Autopsia. Examen externo:

El cuerpo sin embalsamar es el de un hombre de 82 años de edad, bien desarrollado, de origen caucásico cuyo peso es de 180 libras y su altura, 5 pies y 10 pulgadas.

El cuero cabelludo está cubierto de escaso pelo blanco donde se observan algunas trazas de tinte.

Los ojos son de color marrón oscuro.

Se observan áreas de equimosis leve en codos y rodillas. Ninguna lesión importante en el pecho. La nariz no muestra evidencia de fractura ni los ojos lesiones de importancia. Tampoco se aprecian en cuello, extremidades superiores e inferiores, cuero cabelludo, frente, mejillas. Si acaso consignar una lesión antigua que afecta al maxilar superior con pérdida de algunas piezas dentales, restituidas con prótesis, así como al labio superior donde se observa una cicatriz oculta bajo el bigote.

 * * *

—¿Han averiguado algo hablando con sus vecinos, agente?

—Casi nada. Era un hombre muy reservado y apenas se relacionaba con nadie. En el vecindario dicen no saber nada de él.

—No puedo creer que nadie le conociese.

* * *

Yo le conocía muy bien; no en vano se pasó toda su vida evitándome. Y es que en ocasiones es más fácil conocer a un rival que a un amigo porque entre ambos no se interpone el elemento distorsionador de la franqueza. A pesar de su desvarío, he de admitir que Tod Browning era un hombre extraordinario, diferente a los demás; pocos son capaces de sustraerse a la influencia de mi imperio y él era uno de ellos. Todo comenzó antes de dar el salto al celuloide, cuando se propuso estremecer al público de provincias ideando un espectáculo que habría de poblar incluso sus propias pesadillas: el Cadáver Viviente. A partir de entonces es cuando su nombre artístico, Tod, iba a adquirir su verdadera significación, pues era él mismo quien desafiaba a la muerte enterrándose en un ataúd. Los espectadores pagaban 25 centavos para presenciar aquel estremecedor desafío, que comenzó durando un día y que, por el afán de superación de cualquier astracanada circense, terminó alargándose hasta las 48 horas para estupefacción del público. Podría haber renunciado únicamente con decirlo, cualquiera habría disculpado su miedo, pero no lo hizo; en todo aquello había algo de ritual, algo que le fascinaba porque, en cierto sentido, le hacía sentirse el protagonista de uno de los relatos de Edgar Allan Poe que más le gustaba leer: El entierro prematuro.

Muchos años después, cuando aquellos recuerdos no eran otra cosa que el libro polvoriento de su memoria, Tod Browning aún se estremecía rememorando el momento exacto en que se tumbaba en el ataúd y sus ayudantes procedían a sellar la tapa. Sobre su cabeza resonaban los martillazos con tanta fuerza que el aire parecía escapar de sus pulmones mucho antes de que comenzase a viciarse con el veneno de su propia respiración. Aunque el público no era consciente del engaño pues recibía oxígeno y agua a través de una cánula minúscula y se alimentaba de bolas de leche malteada escondidas en el foro de su camisa, el mérito de Tod consistía en no sucumbir al pánico y aguantar el encierro sin perder el control. Nadie podía negar que no tuviese agallas.

Primero sobrevenía la asfixia emocional, la sensación de angustia y el deseo irreprimible de pedir ayuda y dar por finalizado el espectáculo. Pero ese mismo pánico paralizaba su voluntad, de modo que quedaba allí, abandonado a su suerte, encerrado, sin poder articular palabra. Así fue cómo empezó a familiarizarse con la idea de la muerte. Con el paso de las horas el proceso de asfixia se completaba y la falta de oxígeno incendiaba sus pulmones. Para sobreponerse a la angustia de verse sepultado se entregaba al ejercicio de la nostalgia y allí, en la oscuridad de aquel entierro, repasaba una y otra vez los felices años de su infancia; así al menos lograba serenarse y mantener la calma.

Abandonar el ataúd transcurridas 48 horas de encierro era como resucitar a la vida. El público le ovacionaba estruendosamente cuando lo veía incorporarse. El Cadáver Viviente vencía una vez más a la muerte. Pero su relación con ella quedó indisolublemente establecida desde el mismo momento en que adoptó el nombre artístico de Tod Browning. Estaba abocado, pues, a enfrentarse a la muerte más allá incluso de la ficción del número circense: todo sucedió de manera muy rápida una tarde de junio de 1915. Sufría entonces un accidente cuando viajaba en automóvil. Muchos años después era capaz de recordar con un realismo casi fílmico cada uno de los detalles del accidente: el brillo polarizado en el parabrisas del vehículo que circulaba en sentido contrario, la curva cerrada que propició la invasión del carril, el freno pisado en el último instante… Al precipitarse por un terraplén el conductor perdió el control y el coche dio un par de vueltas sobre el techo, que cedió aplastando la cabeza de uno de los ocupantes. Era uno de sus amigos. Las heridas sufridas por Tod Browning fueron leves. Aquel encuentro con la muerte, sin embargo, le dejó marcado para siempre. Las heridas cicatrizaron con el tiempo, se dejó crecer el bigote para ocultar la deformación del labio superior y le recompusieron las piezas dentales perdidas en el accidente, pero ya nunca volvió a ser el mismo; todo aquello acentuó su extraña personalidad, fraguó sus complejos más profundos y nos distanció de forma definitiva. Sus obsesiones fílmicas habrían de nutrirse inevitablemente de todo este sustrato.

 * * *

—¿Se ha fijado en que no hay fotos familiares en la casa, jefe?

—Pues la verdad es que no, pero ahora que lo dice…

—No busque. Ni una sola. Debió llevar una vida muy triste como para no guardar ningún recuerdo, ¿no le parece, jefe?

—A mí no me parece nada. No suelo sacar conclusiones precipitadas, agente. Además a mí no me parece tan extraño. A veces me dan ganas de tirar todas las fotos de casa. Hay algo en ellas que no me gusta. A fuerza de mirarlas la memoria se acomoda y al final sólo te queda el recuerdo congelado de la fotografía.

—Entiendo lo que dice, jefe. Pero la fotografía cumple una función. De otra forma yo no tendría recuerdo de mi madre. Murió siendo yo niño.

—Eso es diferente. Recuerdo haber hablado de ello con usted en otra ocasión y sabe que lo siento. No me gustaría estar en su situación. Pero, en fin… ¿Por qué no cambiamos de tema de conversación? Centrémonos en la investigación. ¿Algo más que añadir, agente?

—Nada significativo, excepto… una foto.

—Olvide el asunto si no es relevante.

—Entonces, ¿no quiere echarle un vistazo, jefe?

—De acuerdo. Que luego no vayan diciendo por ahí que nuestras investigaciones son chapuceras y que dejamos cabos sueltos sin atar. Dígame pues, agente. Le escucho.

—No creo que sea importante, pero me ha llamado la atención. ¡Mírela!

—El fallecido es el hombre más alto de todos, ¿me equivoco? ¿Qué hace entonces fotografiado con enanos y gente deforme? Esos… monstruos no pueden ser componentes de su familia, ¿verdad?

—Por supuesto que no, jefe. Ahora acabo de acordarme de él. Tenía razón el agente judicial al decir que era alguien conocido del mundo del cine. Apostaría que esta fotografía se tomó durante el rodaje de una de sus películas. No recuerdo ahora el título. De esto hace 30 años por lo menos. Me acuerdo porque la película se convirtió en todo un escándalo. ¿No lo recuerda, jefe? Pues yo sí, perfectamente, fíjese. Todo tiene una explicación. A mi padre le encantaban las películas de terror y recuerdo que volvió a casa indignado diciendo que era una auténtica indecencia que unos enanos protagonizaran una película. Poco después la retiraron de la cartelera, al parecer porque hubo desmayos y hasta algún aborto durante las proyecciones.

—¿Quiere decir que todos estos… monstruos actuaban en la película?

—Éstos y algunos más, efectivamente.

—¿Y a quién se le ocurriría semejante barbaridad?

—Pues al fallecido, que era el director de la película.

 * * *

Desde un primer momento y por oponerse a mí, Tod Browning se sintió ilusionado con el proyecto de La parada de los monstruos; a ello contribuía el hecho de su identificación casi total con cada uno de sus protagonistas. La cicatriz en su labio superior que disimulaba con el bigote y la leve cojera que, hasta entonces habían alimentado el tormento de sus complejos, le permitieron establecer un vínculo de afectividad con el grupo hasta el punto de que, rodeado por ellos, se sentía como en familia. Si no hubiese puesto todo su empeño en filmar esta historia de venganza colectiva, es muy probable que la Metro Goldwyn Meyer le hubiese elegido para dirigir la película Arsene Lupin, protagonizada por John y Lionel Barrymore. Ello habría evitado el inicio de su declive profesional y probablemente la historia de su vida habría sido muy distinta; hasta es posible que hubiese encontrado la forma de adaptarse al cine sonoro para encauzar su carrera y alcanzar el reconocimiento de la Academia de Hollywood. Pero Tod Browning no estaba dispuesto a renunciar a su proyecto después de haber cedido a las pretensiones comerciales de la productora aceptando el rodaje de Drácula.

Lo que debió convertirse en su mejor oportunidad para adaptarse al cine sonoro a pesar del tremendismo del argumento, se malogró desde el primer momento con la negativa de las divas del momento a interpretar el papel femenino sobre el que los monstruos descargaban su furia al final; las habladurías señalaban a Jean Harlow y Myrna Loy entre ellas. El rodaje no fue precisamente fácil pues parte de la productora estaba en contra y algunos técnicos se negaron a trabajar con aquella galería de personajes circenses. Pero lo peor de todo vino con el estreno el 10 de febrero de 1932: a las primeras opiniones manifestadas a favor de la valía de la película le siguió un aluvión de críticas desfavorables que obligaron a la Metro Goldwyn Mayer a retirarla de las salas de proyección. Nadie pareció entender aquella glorificación de la amistad y la diferencia. Tod Browning se sentía muy cercano a los protagonistas de su película, de ahí que tomara aquel fracaso como algo personal. Rodó cuatro películas más sin gran entusiasmo, lo que, unido a su descontento con los métodos de trabajo del cine sonoro, habría de precipitar finalmente su retirada profesional.

 * * *

Autopsia.

Cavidad del cuerpo:

Se practica incisión en forma de Y para abrir las cavidades torácica y abdominal.

Las cavidades pleural y abdominal no contienen exceso de líquido o sangre significativos.

El mediastino no muestra ningún cambio o ampliación. El diafragma se encuentra dentro de los parámetros normales. Los órganos están en la posición normal.

Cabeza y el sistema nervioso central:

El cerebro pesa 1400 gramos.

En el cuero cabelludo no hay evidencia de contusión traumática ni hemorragia.

Los músculos temporales están intactos. Tras la eliminación de la duramadre se observan algo congestionados los vasos. El contorno del cerebro no está distorsionado.

No se encuentra sangre en el espacio epidural, subdural o subaracnoidea.

El examen del cerebelo y el cerebro no muestra ninguna anomalía grave.

Después de la extirpación de la duramadre de la base del cráneo y la bóveda craneal no se observa fractura de cráneo.

Sistema cardiovascular:

El corazón pesa 315 gramos. La cavidad pericárdica no contiene exceso de líquido. El epicardio y el pericardio son lisos y brillantes.

Las medidas de las válvulas tricúspide, pulmonar, mitral y aórtica están dentro de los parámetros normales.

No hay defecto septal. El foramen oval se cierra sin problemas.

Las arterias coronarias se derivan de su ubicación habitual y se distribuyen en forma normal. La arteria pulmonar no contiene trombos.

Sistema respiratorio:

El pulmón derecho pesa 585 gramos, y el izquierdo 540 gramos. Ambos pulmones están moderadamente congestionados con algunos edemas.

Al proceder a su examen se observa los estragos habituales producidos por el tabaquismo. El color es predominantemente negro.

Consignar que la laringe ha sido extirpada con anterioridad mediante procedimiento quirúrgico.

 * * *

La muerte de Lon Chaney a consecuencia de un cáncer de pulmón provocado por su tabaquismo fue un revés que Tod Browning no logró superar jamás. Ambos fumaban cigarrillos Lucky Strike, pero lo que realmente fue un golpe de suerte fue conocerse. Con Lon Chaney de protagonista, Tod rodó algunas de sus más célebres películas. Podrían haber sido algunas más de no ser porque la adicción alcohólica del director le privó, por ejemplo, de encabezar uno de los proyectos más ambiciosos del estudio cinematográfico para el que trabajaba: El jorobado de Notre—Dame con la participación estelar de un irreconocible Lon Chaney en el papel de Quasimodo. Para evitar problemas y retrasos durante el rodaje, Irving Thalberg decidió prescindir de los servicios de Tod Browning aunque para ello se viese obligado a contratar a un director mucho menos capacitado que él. Cuántas noches de alcohol pasaron Lon Chaney y Tod comentando aquel error; ambos lamentaban la oportunidad perdida de trabajar juntos en aquella película y coincidían en que la novela de Victor Hugo merecía mejor adaptación que la finalmente rodada. Era un tema recurrente en sus conversaciones y hablaban de ello alentados por la niebla de camaradería y tabaco hasta que Lon Chaney, con su voz cascada por la nicotina, le decía:

—No deberías fumar tanto, Tod.

Solían reírse con ello y no sólo en aquellas madrugadas de compañerismo; Tod Browning aprovechaba cualquier ocasión para llevar aquella broma a las pantallas de los cines. En los primeros minutos de metraje de El trío fantástico incluyó la figura de una abuela que recomendaba a su nieto no fumar cigarrillos para llegar a ser un hombre tan grande como el forzudo Hércules. Un par de años más tarde Tod Browning elevó el nivel de la broma en Garras humanas: aprovechando el desconocimiento lingüístico del público estadounidense, hizo colgar letreros en las paredes del teatro de Malabar donde se podía leer No se fuma en un perfecto castellano puesto que el argumento se desarrollaba en un Madrid irreal poblado de gitanos y guardias civiles.

Lo que nunca imaginaron es que no atender a dicha broma se iba a cobrar un tributo tan caro. Con el fallecimiento de Lon Chaney, el hombre de las mil caras, Tod Browning no sólo perdía a un amigo sino también a su alter ego al otro lado de la cámara. Aunque le sobrevivió treinta años, jamás logró sobreponerse a aquella pérdida; su impulso creador resintió notablemente hasta el punto de ir languideciendo a lo largo de la década. Con la desaparición de su actor fetiche, se extinguía además una forma de hacer cine; ya no alardeaba de ser el apóstol de la fealdad tanto física como psicológica. En películas posteriores, Tod deja traslucir cierto desencanto, el inicio de una rendición que no tardaría en producirse. En una época en que el cine se había consolidado como industria, en que las películas mudas eran cosa del pasado y se imponían las superproducciones en color como Lo que el viento se llevó, Tod se sentía como un extraño, como un exilado lejos de su tierra, completamente desubicado, así que optó por abandonar el mundo del espectáculo al que había dedicado tantos años de su vida.

La soledad únicamente consiguió acentuar su aversión por las relaciones sociales. Al igual que el protagonista de Garras Humanas acababa prescindiendo de sus brazos como única posibilidad de alcanzar su anhelo, Tod Browning decidió amputar cualquier vínculo encerrándose en su vivienda; aquello tuvo lugar coincidiendo con el fallecimiento de su esposa Alice en mayo de 1944. Ésa era una decisión que habría tomado tarde o temprano, pero todo se precipitó al comprobar horrorizado cómo la revista Variety publicaba la noticia de su propia defunción en vez de la de su esposa. Aquél debió ser un golpe muy duro para su ánimo por mucho que hubiese adoptado Tod como nombre artístico y que se hubiese pasado parte de su juventud encerrado en un ataúd por voluntad propia; si el accidente automovilístico de 1915 condicionó su carrera profesional, aquel revés habría de hacer lo mismo durante el retiro de su vejez. Todo se conjuró, pues, para que su inclinación al silencio, tras el desengaño que le produjo el encuentro con el cine sonoro, se consolidase y poco tiempo después tomase la firme determinación de desterrar de su existencia todas las fórmulas inherentes al trato social. Así fue cómo fueron desapareciendo de su vocabulario y, por extensión, de su vida cualquier término relacionado con las más elementales normas de urbanidad: saludo, amabilidad, cordialidad, corrección, cortesía, respeto, civismo… A fuerza de aislarse, se convirtió en un hombre solitario y huraño. Ya no tenía sentido el fingimiento, ni el engaño, ni la afectación; podía dar rienda suelta de su misantropía.

Yo fui testigo de aquel proceso que se desarrolló lenta pero inexorablemente. Una vez establecidas las bases de su soledad, perdía el sentido cualquier vocablo relacionado con el reconocimiento que siempre le había negado la industria del cine en favor de directores menos capacitados que él. Por el sumidero de las renuncias se fueron el mérito, la aprobación, la adulación, los cumplidos, los halagos. Nunca había esperado alcanzar nada de ello con películas como Garras Humanas o La parada de los monstruos, pero en aquel entonces se encontraba en la situación de poder renunciar voluntariamente a ello. Ya no le hería el recuerdo del momento en que la Metro Goldwyn Meyer rescindió definitivamente su contrato en 1942. Prescindiendo de cualquier atadura sentimental estaba alcanzando la libertad del silencio al que nunca debió traicionar rodando películas para el cine sonoro.

La familia tampoco se libró de su inercia revisionista. Desaparecieron, pues, de su vocabulario palabras como convivencia, comunicación, hermandad… A su padre lo perdió años atrás desencadenando una de sus crisis alcohólicas. Ahora le tocaba el turno a su madre a cuyo sepelio y entierro no acudió. Después de ser capaz de renunciar a su progenitora, olvidarse de sus hermanos apenas le supuso esfuerzo. Sólo en el último momento demostró cierta afinidad sentimental con uno de sus hermanos a cuyo entierro asistió, pero de incógnito para no ser reconocido por el resto de la familia.

Aquel proceso que, comenzaba de forma voluntaria, alcanzaría en 1962 su culminación cuando el cáncer originado por su tabaquismo obligó al personal médico que le cuidaba a practicar una cirugía de urgencia para extirparle la laringe. En última instancia la vida le iba a conceder el privilegio del silencio absoluto, aunque para ello tuviese que compartir la misma enfermedad que había llevado a la tumba 30 años antes a su alter ego en las pantallas, Lon Chaney.

* * *

Autopsia.

Hígado y sistema biliar:

El hígado pesa 1680 gramos.

La superficie es de color marrón oscuro y liso.

No se encuentra ningún cálculo obstructivo. Tampoco hemorragia ni tumor.

Sistema linfático:

El bazo pesa 180 gramos. La superficie es de color rojo oscuro y liso.

Al practicar sección el color se revela homogéneo. No hay evidencia de adenopatías.

Sistema endocrino:

Las glándulas suprarrenales tienen el color, el tamaño y la consistencia normales.

Sistema urinario:

Los riñones juntos pesan conjuntamente 320 gramos. Sus cápsulas se pueden eliminar sin dificultad. Al practicar disección no se observan daños relevantes.

La superficie cortical es lisa. Los uréteres no presentan estenosis.

La vejiga urinaria de 350 c.c. no presenta alteración de color.

Aparato digestivo:

El estómago de tamaño y aspecto normales.

Se examina bajo el microscopio de polarización el contenido gástrico sin encontrar nada de interés.

El duodeno no muestra ninguna úlcera cuyo contenido también se examina bajo el microscopio de polarización con idéntico resultado.

El resto del intestino delgado no muestra ninguna anomalía grave, así como tampoco en el páncreas.

 * * *

—Jefe, ¿fue al final a ver la película de la que me habló?

—Quite, quite. No me hable de ella. ¡Uf, menuda película más desagradable!

—¿Cuál era? ¿Ésa en la que un hombre, por temor a su herencia genética, lo planifica todo para no ser enterrado en vida durante un ataque de catalepsia?

—¿Acaso no me entiende cuando le digo que no quiero hablar de ello? Le agradecería que no volviese a mencionar su título, agente.

—Disculpe, jefe. No volverá a repetirse.

—Eso espero, agente. Por cierto, ¿podemos dar por cerrado el caso del director de cine?

—Por supuesto, jefe. El informe forense es concluyente: el fallecido murió por causas naturales a raíz de de una apoplejía y de las complicaciones derivadas del cáncer de laringe del que fue operado hace unos meses. Los últimos días de este hombre debieron ser un tormento, ¿no le parece, jefe? Mira que morir solo, sin que nadie pudiera auxiliarle.

—Todos morimos solos, agente. Al trance de la muerte no nos acompaña nadie.

—Cierto, pero no me negará que debió ser terrible agonizar solo para un hombre que hace años era una celebridad en la industria del cine. Mirando los archivos he descubierto que fue el director de Drácula.

—¿La película que protagonizaba Christopher Lee?

—No, ésa no. La versión en blanco y negro en la que actuaba Bela Lugosi, ¿se acuerda?

—Bueno, da lo mismo. Olvídelo, agente, que ya estoy hasta las narices de hablar de temas fúnebres. Si el fallecido murió por causas naturales, aquí concluye el asunto. Encárguese de las diligencias oportunas para cerrar el caso.

—A sus órdenes, jefe.

* * *

Después de que en 1962 la enfermedad estrechase el cerco sobre su salud, Tod Browning sufrió una apoplejía que terminó por vencer su resistencia. Pero para aquel entonces ya nada le ataba a este mundo, ni siquiera las palabras; había logrado cortar todas sus ataduras con la libertad del silencio. Desprovisto de vocabulario, no vivía para otra cosa que para la ceremonia introspectiva del recuerdo.

En un momento determinado de la madrugada del 6 de octubre, debió percibir con claridad la inminencia de la muerte. A pesar de que la apoplejía mermaba considerablemente su capacidad para desplazarse, consiguió arrastrarse hasta el cuarto de baño con la misma tenacidad con que Prince Randian, el hombre oruga, lo hacía en La parada de los monstruos para sobrecoger al público. Se ayudó de los codos para avanzar clavándolos en el suelo. Es posible que en momentos así, siendo consciente de su propia invalidez, tumbado bocabajo y con el frío subiéndole por el lecho, Tod Browning se acordase del detective cocainómano que él mismo creó, durante su convalecencia posterior al accidente automovilístico, para lucimiento de Douglas Fairbanks en El misterio de los peces saltadores. Le habría bastado hacer como Coke Ennyday e inyectarse la droga en el dorso de la mano o en el antebrazo para sentir la sustancia estimulante recorriendo sus miembros y no tener que arrastrarse por el suelo. De un impulso se habría puesto de pie, activado por el resorte de la cocaína, evitando así que horas después encontrasen en el plato de ducha su cadáver desnudo. Pero la vida es mucho menos complaciente que la ficción de las películas.

Empleó los últimos rescoldos de sus fuerzas en cerrar tras de sí la mampara de cristal y en incorporarse sobre un codo para abrir el grifo de la ducha. Con el agua caliente cayéndole sobre la cara y a un paso tan sólo de la rendición definitiva, Tod Browning acabó sucumbiendo a mi imperio sumiéndose en uno de aquellos arrebatos de nostalgia a los que, cincuenta años antes, se entregaba cada vez que cerraban la tapa de un ataúd sobre su cabeza. El Cadáver Viviente abjuraba así del feísmo de su credo y regresaba a la única patria que le hacía plenamente feliz: la memoria muda de su infancia.

 * * *

Recuerdo con especial agrado los días de verano en mi ciudad natal, Louisville, Kentucky. En esa época del año el cielo adquiría un intenso color azul bajo cuya luminosidad podía suceder cualquier cosa. De hecho, el verano llegaba a nuestras vidas con toda su promesa de libertad. Yo escapaba de casa de mis padres con las primeras luces del amanecer y me pasaba todo el día vagabundeando por la calle; a veces incluso me olvidaba de comer. Invariablemente terminaba deambulando por la ribera del río Ohio. No sé si como dijo Thomas Jefferson aquél era el río más bello del mundo, pero a mí me lo parecía; por aquel entonces tampoco conocía otro con que compararlo. Ni siquiera el paso de los años ha conseguido borrar de mi memoria el brillo del sol espejeando en su superficie. Si es verdad que el ser humano no tiene más patria que su propia infancia, entonces yo no tengo otro mar que aquella corriente fluvial en cuyas aguas me bañaba a pesar de las reconvenciones de mi madre.

Cuando me cansaba de mirar la corriente o de hacer saltar piedras planas sobre su superficie, me dirigía a las casas próximas al cementerio de Cave Hill para buscar la compañía del mejor amigo de mi niñez cuyo nombre no recuerdo, pero cuya presencia para mí es tan real como la proximidad de la muerte. Me acuerdo de él casi a diario. Estos recuerdos de infancia se suceden en mi memoria con la misma inmediatez con que el haz luminoso del proyector atraviesa la sala de cine y rescata de la oscuridad las imágenes del celuloide.

En la mayoría de ocasiones mi amigo y yo repetíamos el mismo itinerario de juegos desandando el camino para, cortando por West Broadway la amplia curva que describía el cauce fluvial, salir al parque del oeste donde nos aguardaba otra vez la tentadora superficie del río. Una vez, sin embargo, decidimos cambiar de recorrido de forma inesperada. Debía tener yo diez años y otros tantos mi amigo porque recuerdo perfectamente que aún quedaban casas y comercios destruidos por el tornado que arrasó la ciudad unos meses atrás, en marzo de 1890. Las familias más pobres y las empresas en quiebra aprovecharon aquella coyuntura para empezar una nueva vida en otro lugar, de modo que los edificios derruidos se perpetuaron quedando como testimonio improvisado de la tragedia. Entre los escombros aún sin retirar se podían ver restos de mobiliario doméstico cubierto por una capa blanca de suciedad. Allí el tiempo parecía haberse detenido, ingrávido, como el polvo en suspensión.

Al dejar atrás la línea de destrucción, la ciudad retomaba la normalidad y en las calles principales apenas quedaba rastro del tornado. Olvidamos enseguida aquella catástrofe. Es lo que tiene la infancia: que todo está supeditado a la inmediatez más efímera y no hay tiempo siquiera para otro recuerdo que no sea el del propio presente. Caminar por donde no solíamos hacerlo y enfilar por primera vez Bardstow Road para salir de la ciudad era como una de esas aventuras increíbles que leíamos en los libros. Nos dirigíamos, pues, a explorar un mundo completamente desconocido para nosotros. A ambos lados de la carretera se abrían los terrenos parcelados de personas que no habíamos visto jamás y que vivían ajenos al bullicio de la ciudad, encerrados en aquellas casas solariegas que presidían las lomas del camino. Todo nos parecía extraordinario. Antes de dejar atrás la última vivienda, nos llamó la atención un artilugio abandonado junto a la puerta de la entrada. El sol hacía brillar sus cromados despertando nuestra curiosidad. Mi amigo, que era más decidido que yo, franqueó la verja y se aproximó sin pensar en la posibilidad de que el dueño de la vivienda pudiese sorprenderlo. Por suerte no apareció nadie y mi amigo, después de franquear la cancela de la verja, regresó empujando aquel artilugio.

Me acuerdo que se trataba una de esas bicicletas antiguas cuyas ruedas todavía eran de madera y que carecían de cadena. Para hacerla correr había necesariamente que descolgar los pies e impulsarse batiéndolos contra el suelo. Como no dábamos la talla y las piernas nos colgaban en el aire, decidimos solventar el problema empujándonos de forma alternativa. El primer intento correspondió a mi amigo, que para eso era quien había demostrado valor entrando en la parcela. Al cabo de unas cuantas caídas, me dejó probar suerte. Subí a lo alto del sillín embargado por el entusiasmo. Aún recuerdo con emoción el momento efímero en que el impulso procurado por mi amigo me permitió recorrer los primeros metros encima de aquel cacharro.

Entre caídas y trechos recorridos milagrosamente en equilibrio sobre las dos ruedas de la bicicleta nos fuimos alejando progresivamente, sin darnos cuenta. Cuando quisimos devolverla ya estábamos demasiado lejos y a ninguno nos apetecía desandar el camino para devolverla; y más aún cuando era más que probable que el dueño ya la hubiese echado de menos y nos acusase de robársela. Seguimos, pues, jugando un rato más con ella, pero en cuanto nos cansamos de mantener el equilibrio y caernos a cada trecho decidimos que lo mejor era esconder la bicicleta en un recodo del camino y ocultarla bajo unos arbustos. Allí debió quedar olvidada porque al regresar ninguno de los dos nos acordamos de recogerla y días más tarde éramos incapaces de recordar el lugar exacto donde la dejamos. Con sólo imaginar el enfado del dueño fue suficiente para que tomásemos la decisión de no volver a poner jamás los pies en Bardstow Road.

Pero aquella mañana de agosto no había miedo que pudiese minar nuestras ansias de aventura. Continuamos camino hasta atravesar uno de los muchos afluentes del río Ohio que se apellidan Creek, y alcanzar más adelante las casas que formaban la población de Buechel donde tenía parada el ferrocarril que atravesaba la comarca. No pudimos sustraernos a la tentación de pegar la oreja a los raíles para comprobar si era verdad que se escuchaba en el metal la cercanía del tren. Recuerdo haberme sentido un poco decepcionado al no escuchar nada. En la niñez no hay tiempo para mortificarse con la caída de los mitos; el mundo estaba lleno de posibilidades y no estábamos dispuestos a renunciar a la libertad de la aventura por tan pequeña desilusión.

Seguimos avanzando un par de horas más con la vista puesta en el horizonte. Al cabo de los kilómetros apareció el perfil del puente que salvaba el cauce de un arroyuelo, otro de esos afluentes apellidado Creek, que va a verter su caudal al río Ohio. Comoquiera que ya estábamos agotados decidimos hacer un alto. Me apresuré a saciar mi sed metiendo la cabeza en la corriente. Aún recuerdo la sensación del agua barboteando en mis oídos; aquello me supo a gloria. Al lado del puente crecían unos arbustos cuyos frutos sirvieron para clamar nuestra hambre. Nos dimos un atracón memorable y no paramos de comer hasta sentirnos saciados. Luego nos tumbamos en la hierba para descansar con la vista puesta en la pantalla azul del cielo por donde pasaba la proyección de las nubes despertando nuestra imaginación así como la necesidad de encontrar en sus formas los parecidos más razonables. Mientras mi amigo reposaba, yo aproveché para desnudarme y bañarme en el riachuelo. Aquella sensación de plenitud late viva en mi memoria: aún recuerdo el tiempo suspendido en aquel recodo del río y mi cuerpo flotando plácidamente en el agua cuya corriente arrastraba unos pétalos tan dorados como la luz que se filtraba a través de la espesa arboleda. La eternidad palpitando en un instante.

Cuando el descanso nos devolvió la lucidez de la distancia recorrida, mi amigo propuso que lo más sensato era volver a casa, no tanto por calmar la posible inquietud de nuestros padres como por evitar que nos sorprendiese la noche antes de haber regresado al Louisville. Pero fui yo entonces quien tuvo un arranque de valentía y propuse seguir avanzando, al menos hasta subir a lo alto de la línea de montañas que se perfilaba en el horizonte. Es probable que aquellas colinas no tuviesen más que un centenar de metros de desnivel, pero a nuestros ojos se presentaban como inexpugnables y dignas de la mayor de las hazañas. Al final, la empresa no debía ser tan extraordinaria porque, después de un rato de caminata, alcanzamos el punto más alto sin desviarse siquiera del trazado de la carretera. Pero bastó coronar aquella cima para que su centenar de metros de altura nos proporcionase la vista más hermosa de mi condado que guardo en la memoria: bajo la luminosidad de la tarde veraniega verdeaban los pastos y a lo lejos, desdibujada por la distancia, con la evanescencia de un espejismo, se divisaba el perfil de Louisville y la corriente del río Ohio brillando bajo el sol como una lámina de plata. Volvió a invadirme esa sensación de plenitud que había experimentado nadando en el río en medio de los pétalos que arrastraba la corriente. Supongo que mi amigo debió sentir algo parecido, pero no se lo pregunté; estuvimos callados un buen rato hasta que decidimos que era hora de volver a casa.

* * *

El último pensamiento de Tod Browning no fue para los lóbregos pantanos de Zanzíbar, ni para el carácter vengativo de Alonzo, ni para el sentimiento de hermandad que unía a los monstruos de su película, ni mucho menos de ese Drácula que, por exigencias de la productora, acabó convertido en un conde atildado cuya decadencia era lo único que inspiraba miedo. En el trance de la muerte pocas personas escapan a la tentación del arrepentimiento. Si el ateo reniega de su nihilismo y se apresura a pedir auxilio espiritual, y si el creyente abjura de su fe y maldice a Dios, Tod Browning no tenía por qué demostrar mayor entereza; bastó la epifanía de su último recuerdo para que renegase de todos sus postulados estéticos.

Al recuperar momentáneamente la consciencia percibió con total claridad el gusto salobre de las lágrimas en la comisura de los labios a pesar de que el agua caliente de la ducha continuaba mojando su cara. El vapor desprendido había empañado la mampara de cristal; al otro lado no se encontraba la panorámica del condado de Louisville sino el perfil borroso del lavabo. Se sobrepuso a la desilusión del espejismo para acercar instintivamente los dedos a la superficie del cristal y dejar escrita su rendición en la pizarra del vapor.

La palabra se fue desvaneciendo a medida que se consumían las reservas de agua caliente y se enfriaba el cadáver de Tod Browning. No repararon en ella ni la mujer del servicio doméstico que encontró el cuerpo sin vida en el plato de ducha, ni los investigadores policiales al procesar la vivienda buscando evidencias, ni los familiares que días después se presentaron en la casa para calibrar en qué estado se encontraba para una futura venta. Únicamente la empleada de hogar contratada para hacer limpieza general se fijó en aquella palabra cuya presencia fue revelada por la memoria del vapor al abrir el grifo de agua caliente para limpiar la ducha. Apenas le dedicó el tiempo necesario para descifrar la caligrafía y comprender su significado. La mujer no necesitó más que un barrido con la bayeta para hacer desaparecer del cristal el testimonio de la última renuncia de Tod Browning, las siete letras que dan forma y contenido conceptual a la tiranía de mi imperio: la belleza.

Una petición, dos aclaraciones y tres agradecimientos

 Aprovecho estas líneas para disuadir a los lectores que acostumbran a leer la última página de los libros. Si, después de recabar gran cantidad de información acerca de Tod Browning, me ha llevado días y noches componer el puzzle del relato y encontrar la última pieza, creo encontrarme en disposición de pedir que un rapto de curiosidad eche por tierra el trabajo de tantas horas. Así que, estimado lector, si eres de aquellos que acostumbran a hojear el final te agradecería que no cedieses a la tentación.

Así mismo me veo en la obligación de hacer un par de aclaraciones. Si he adoptado la traducción al castellano de los títulos de las películas mencionadas es porque me ofrecían mayores posibilidades expresivas, en ningún caso por contrariar a los lectores cinéfilos. Con respecto a la composición del título de este relato he aclarar que me he permitido la licencia de subvertir tanto el de un cortometraje perdido de Tod Browning como la frase final de una película que está en el imaginario de todos.

Por último, agradezco a Alejandro Castroguer el hecho de que haya contado conmigo para colaborar en esta antología de relatos siendo tan escaso mi bagaje literario y tan brillante el de los escritores con quienes comparto publicación. Ésta es una oportunidad única que espero haber aprovechado de forma satisfactoria tanto para los lectores como para mis aspiraciones literarias.

También quiero dejar constancia de mi agradecimiento hacia Emilia Molís por soportar con paciencia mis altibajos con respecto a la viabilidad de este y otros proyectos literarios. Sin su apoyo no me habría sido posible llegar hasta aquí.

No quiero tampoco olvidarme de José Manuel Serrano Cueto, quien amablemente se prestó a resolver alguna de mis dudas planteadas a raíz de la lectura de su monografía sobre Tod Browning recientemente publicada


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