Ragtime

Domingo, 18 de Noviembre de 2012

Federico Fernández Giordano

«Ragtime»» es uno de los relatos que componen la antología Vintage ’62: Marilyn y otros monstruos, seleccionada por Alejandro Castroguer y editada por Sportula.

—Ya basta —dijo abruptamente el venerable científico, se levantó y fue hasta la ventana.

Cuando descorrió las cortinas, la luz de la tarde iluminó la habitación del hotel Waldorf Astoria donde se hospedaba, hasta hacía unos minutos sumida en una lúgubre penumbra.

—Físico atómico en realidad —corrigió.

Al escuchar sus propias palabras, sintió un cosquilleo de satisfacción y se masajeó el maxilar, percibiendo la innegable aspereza de la barba incipiente. Esto logró desanimarle. La barba nunca le dejaba en paz, volvía una y otra vez.

—O eso parece, ¿no es así? —dijo, y de inmediato se arrepintió de su pregunta. Se encontraba solo en aquella habitación. Parecía algo ridículo que un físico atómico venerable y reputado como él hablase solo en mitad de la habitación.

—Estoy junto a la ventana —murmuró entre dientes, todavía reacio.

En ese momento llamó su atención el tráfico de la calle. A esa hora la caudalosa Park Avenue parecía todavía más concurrida, legiones de oficinistas de la Gran Manzana salían de sus jornadas de trabajo para echarse en masa a la calle, dirigirse a sus automóviles y consecuentemente hacia sus hogares. Sentía la boca pastosa y una fuerte jaqueca, pero trató de concentrarse en aquellas personas. Las miró caminar ajetreadas, yendo y viniendo, de aquí para allá con sus maletines o bolsas de la compra, y le parecieron partículas atómicas que se movían sin ton ni son, inmersas en el caos más absoluto. Allí estaban, todos ellos, hombres y mujeres inconscientes de su cualidad antojadiza y volátil en el cosmos, danzando y revoloteando en un espacio de leyes contradictorias, sus ideas viajando a velocidades superiores a la luz, continuamente enviando y descodificando señales en sus cerebros, mensajes, signos, enunciados e impulsos que corrían sin freno por pistas de conexión sináptica. Podían existir en dos lugares a la vez, cruzaban de una cabeza a otra, de una mente a otra tan rápido como el rayo, se producían sincronías, se superponían, navegaban en una sopa de fotones y electrones hasta que era imposible dilucidar su verdadera procedencia; a veces uno de aquellos procesos sinápticos se colapsaba o temblaba en una parte del universo, e inmediatamente su colapso o temblor era manifiesto al otro lado del universo. Algunos poseían dos o más estados a la vez, era algo imposible de decidir. Existían múltiples universos al mismo tiempo, sólo que estaban todos en aquél. Todos aquellos universos allí metidos, haciendo fuerza a presión, empujando, tensionando, emitiendo cantidades ingentes de energía que se acumulaban sin posibilidad de remisión, hasta que el mundo cedía y se resquebrajaba, cada día se agrietaba como una rebanada de pan mustio, ante la mirada perpleja del físico atómico.

Así veía Niels el mundo que lo rodeaba. Así veía a todas aquellas personas, sus insignificantes preocupaciones. Y por eso se movía sin cesar, siempre cambiando de un lugar a otro, no podía permanecer quieto mucho tiempo.

Turbado por aquellos pensamientos, se apartó con un movimiento brusco de la ventana y avanzó cuatro zancadas hasta el centro de la habitación, tropezando con la pata de la cama.

Rodó por el suelo. Oyó un crujido. De pronto todo negro. (Durante un breve instante, mientras caía desorientado, había pensado que la mesilla del televisor podía ser un problema, con aquellos salientes puntiagudos.)

Su cabeza. Se había golpeado la cabeza. De eso no cabía duda. Sintió el líquido caliente resbalándole por el cráneo, por encima del pelo, y lo invadió una sensación de repugnancia al recordar el cuidado que su madre, Ellen, solía poner en peinarlo cuando iba al colegio. Lo peinaba una y otra vez, reiteradamente, pasaba con determinación el peine de gruesas puntas, alisaba, apretaba, doblegaba el cabello hasta que el joven Niels sentía escocer el cuero cabelludo. Entonces profería un grito, levantaba los brazos, apartaba a su madre de un empujón y salía corriendo como alma que lleva el diablo, a tiempo de escucharla soltar una maldición, con su aguda voz, desde el suelo. Y el joven Niels había corrido. Había corrido del mismo modo cada vez que su madre trataba de peinarle el pelo con aquel cepillo de gruesas puntas. Corría escaleras abajo primero, corría hacia el rellano de la puerta luego, corría todo seguido el camino hasta la calle, corría hasta que atravesaba la verja, corría los metros que mediaban entre la verja y el almendro junto a la entrada, y por una sucesión geométrica de acontecimientos no mensurables por la experiencia nunca avanzaba gran cosa, nunca se movía de su posición inicial, podía escuchar con claridad a su madre maldiciendo, todavía tendida en el suelo, con su aguda voz, como si se hallase justo al lado de su oreja.

Aquella maldición resonaba ahora en su cabeza. Los universos eran tangenciales, se dijo. Existían todos en uno, el pasado convivía con el presente, todo formaba parte de un proceso simultáneo, etc.

Trató de tocar con la punta de los dedos el rostro de su madre, que iba amoratándose a ojos vista, pero notó el brazo rígido, pegado al costado. La mano del físico había quedado atrapada bajo el flanco de su pierna derecha, con la palma hacia arriba, el antebrazo torneado de manera que la sangre empezó a congestionársele. No podía moverse. Se preguntó si habría perdido el conocimiento, pero enseguida desechó tal idea, pues tenía plena clarividencia de cuanto ocurría. Su cuerpo le traía las sensaciones del mundo exterior, un mundo al que por ensalmo había dejado de pertenecer, mientras que su conciencia reproducía imágenes y pensamientos en una caja cerrada, semejante a los sueños. De repente se hallaba en un mundo de oscuridad, carente de coordenadas. Al siguiente instante vio cómo una especie de árbol sefirótico estallaba en un infinito haz de estrellas incandescentes, unas pasaban dejando estelas de fuego ante su mirada, algunas salían despedidas para perderse en un negro caldo cósmico de antimateria.

Pensó con preocupación en sus colegas del seminario, sin duda le esperarían impacientes aquella tarde, tal vez enviarían a alguien a buscarle cuando se percatasen de su retraso, tal vez así lo hicieran.

Y llegó hasta él un sonido semejante a trompetas. Sí, pensó, un conjunto de trompetas ejecutando un brioso ragtime. Lo recordaba con claridad de sus tiempos en Manchester, cuando estudiaba con el profesor Rutherford. Cada vez que subía las escaleras hacia el despacho del maestro, escuchaba claramente aquella música que surgía por una puerta abierta de la planta baja, así como el olor a tabaco dulzón que alguien fumaba. Al principio se negaba a darle importancia, centrado como estaba en sus estudios sobre la radiactividad y los modelos del átomo, se obligaba a pasar de largo por la puerta abierta siempre que llegaba apresurado con su maletín lleno de libros y apuntes. (Rutherford insistía en ver aquellos átomos como parte de un esquema de leyes causales obsoletas, él y Albert se quedaron bastante estupefactos cuando les mostró su genial intuición, ésa era la verdad.) Pero aquella música, impregnada de aquel olor a tabaco dulzón, le intrigaba cada vez más. Con el correr del tiempo, comenzó a demorarse a su paso por la planta baja; al principio se dejaba estar lo justo junto a la puerta abierta, escuchaba unos pocos compases, sin mover un músculo, aspiraba aquel olor almizclado y enseguida se escabullía escaleras arriba. Siempre aquellas condenadas trompetas jugueteando en el aire frío de la mañana, parecían burlarse de él y de sus sesudos experimentos. Hasta que un día decidió asomarse para mirar. Su gran timidez se lo había impedido hasta ese momento, pero aquel día enfiló la puerta abierta, encontró a la mujer con aquellas medias de rejilla azules hasta la mitad de la pierna, y entonces lo vio con claridad, el cigarrillo incrustado en el extremo del larguísimo filtro, que la mujer manejaba con habilidad entre unos labios pintados de carmín, y su mirada que parecía desnudarlo; mientras terminaba de subirse un liguero por la pierna osadamente abierta lo atravesaba con la mirada, la taza de té que humeaba, el gramófono cerca de la ventana.

Ahora se encontraba allí otra vez. Cruzó la puerta abierta del mismo modo y fue directo hasta donde sabía que se encontraba la mujer. La mujer que lo esperaba. El gramófono que sonaba. El olor a tabaco inundándolo todo, inundando sus fosas nasales mientras arremetía contra sus nalgas blancas, cuando le arrancaba los ligueros, cuando estiraba aquellas medias, las mismas medias de rejilla azules, y la embestía una y otra vez entre la ropa puesta a secar encima del colchón, haciéndola golpear la cabeza contra los hierros de la cama. Había concebido en aquellos momentos, mientras la follaba salvajemente entre la ropa tendida encima del colchón, que los secretos del mundo se abrían sólo para él como una vulva dilatada. El Principio de Complementariedad aguardaba todavía aletargado en aquella época, recordó. Nadie había sido capaz de dilucidar lo que sus ojos habían dilucidado con perfecta claridad. Él, Niels Bohr, había comprendido un orden diferente incrustado en las mismas entrañas del mundo, mientras recorría con la punta de su sexo las entrañas de la mujer encima de la cama, mientras escuchaba el brioso ragtime.

Niels Bohr… Niels Bogr… Niefs Bjor… Ndlzs Bjarr…

Alguien iba repitiendo aquellas sílabas como una letanía desquiciada. Todo parecía desmantelarse a su alrededor. De pronto las imágenes de aquella casa con su planta baja y con su olor a mañana y a tabaco y a Inglaterra y con sus escaleras silenciosas y con su laboratorio se desintegraron para dar lugar a un tobogán que recorría de arriba abajo el espacio-tiempo. En un lugar apretó un tubo de ensayo entre los dedos y un chorro de plasma surtió como una eyaculación, vio a su derecha un pecho de Juno y luego una fórmula matemática, se sumió en el pavor. Recorrió con un espasmo distancias irreconciliables con la razón. Trasuntó ríos de ecuaciones numéricas por algo semejante a un campo de arado, especuló con la posibilidad de crear él mismo un mundo donde no existiesen el pecado original, las guerras, las bombas atómicas, y sintió que se estaba acercando. Un enorme dado oscilaba por el espacio, haciéndose más y más gigantesco a cada vuelta, levantando cuadrantes trigonométricos y tornasolados que se despedazaban como tartas de queso pixelado.

¿Qué había sido de ella? Después del suceso en la residencia de Rutherford nunca volvió a verla. Siempre que llegaba por la mañana encontraba la puerta cerrada, silencio absoluto, ni rastro del olor a tabaco, nada. En una ocasión no pudo aguantarlo más y le preguntó a Rutherford por la mujer que se hospedaba en la planta de abajo, el viejo profesor lo miró extrañado, levantó una de sus tupidas cejas y le dijo que no sabía de qué le hablaba, luego pasaron a concentrarse en sus cálculos científicos, jamás volvieron a mencionar el tema. No es que le volviera a dar importancia. Por todos los diablos, los acontecimientos se habían precipitado: las primeras publicaciones, la estructura del átomo, la fama mundial, Copenhague, el Instituto de Física Teórica, el premio Nobel, el nacimiento de Aage, y todo lo demás, sus discusiones con Albert, aquel engreído bebedor de cerveza, la muerte de Rutherford, los viajes a América, la fisión nuclear, el plutonio también podía fisionarse, ésa era la verdad; la academia, de nuevo Copenhague, por fin la guerra, la Gestapo acosándole, su huida a Suecia, luego a Inglaterra, a Estados Unidos, cada vez más lejos, siempre escapando como un perro acosado, Los Álamos, la bomba atómica, aquel artefacto pernicioso se le escurría entre las manos. Entretanto llegó a pensar que todo había sido fruto del delirio. Sí, aquel mundo hecho de moléculas y partículas cuánticas y funciones de onda estaba gobernado por leyes que escapaban a la mecánica, así se lo dijo a Albert, no había que olvidarlo. Albert le replicaba con aquellas extrañas historias sobre Dios y Newton y el orden cósmico y los juegos de dados. Cada vez que esto ocurría, Niels profería un grito, levantaba los brazos, apartaba a su madre de un empujón y salía corriendo como alma que lleva el diablo, etc.

Comenzaba a sentir el cuerpo adormilado, tal vez entumecido. No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba de ese modo, tendido en el suelo de la habitación. ¿Tal vez horas? ¿Días? Le pareció que todo era probable. Nada era susceptible de afirmarse mientras no se sometiera a la observación. Pensó en Berkeley, el filósofo irlandés, el árbol que caía sin que hubiera nadie para verlo; el árbol cayendo una y otra vez en un bosque nouménico, repitiéndose hasta la saciedad en un bosque inmaterial, fuera de toda experiencia sensorial; el mundo de los hechos no era más que un cinocéfalo, borraja de roca calcárea, un ornitorrinco en perpetuo estado de indeterminación.

Entonces recordó que le hacía falta un afeitado. No podía acudir con ese aspecto al seminario, pensó, sus colegas lo mirarían de reojo, seguramente cuchichearían a su espalda y eso acarrearía la lenta pero inexorable destrucción. De una cosa a otra, en cuestión de días todo el mundo sabría que el prestigioso físico atómico descuidaba su afeitado, y eso sería su final. Hizo un esfuerzo por tratar de levantarse, pero apenas logró mover la mano que todavía tenía aplastada debajo de la pierna. Se oyó a sí mismo gritar en un lugar remoto.

—Ya basta —se oyó decir.

¡Ya basta!, repitió, y vio su reflejo en el espejo, tumbado en la cama de la habitación, en la posición exacta que tenía antes de levantarse para descorrer las cortinas.

Sintió un arrebato de esperanza, pero de inmediato se trastocó en terror: no había ningún espejo delante de la cama, él lo recordaba. De manera que aquella imagen que veía de sí mismo no era una imagen de sí mismo en realidad, sino él mismo. Esto hubiera contradicho todas las leyes de la observación, pensó, pero ya poco importaba.

Con un sobresalto, se levantó de la cama para dirigirse a la ventana.

Se levantó de la cama.

Fue hasta la ventana.

Descorrió las cortinas.

(Corrió los metros que mediaban entre la verja y el almendro cerca de la entrada. Siempre aquellos metros. Siempre aquel espacio geométrico.)

Entró la luz de la tarde, Nueva York, la Gran Manzana, el tráfico incesante, los sonidos incontables de la calle, las personas danzando y revoloteando de aquí para allá, yendo y viniendo, con sus maletines o bolsas de la compra, como partículas atómicas que se movían sin ton ni son en el caos más absoluto, etc.

Pero por primera vez, aquel desorden orgánico lo llenó de sosiego. Reaccionó tarde a esta última revelación, pasó por delante suyo apenas un instante antes de desaparecer en el éter insustancial.

Pegó la cara al cristal de la ventana y respiró aliviado. Por fin se olvidó de su cabello y de su afeitado y ya no le importó que su madre pudiera reprenderlo por ir al colegio desarreglado. Aquella maldita obsesión de su madre por el orden y la pulcritud. Ya no la culpaba, pues. Después de todo, se dijo, sólo a ella podía agradecerle su famoso Principio de Correspondencia, no hubiera sido posible sin todos aquellos años de suplicio.

En aquel mundo del recuerdo, al igual que en su recién descubierto mundo subatómico, reinaban leyes ajenas a la realidad.

En ese momento oyó un taconazo a su espalda, y pensó que sus colegas del seminario habían venido por fin a buscarlo. Comprendió, quizá demasiado tarde, lo inusual de aquel olor a tabaco afrutado que desde hacía varios minutos inundaba la habitación.

Al dar media vuelta vio a la mujer de los ligueros, con sus medias de rejilla azules y sus labios pintados. Le pareció igual de bella que en su recuerdo, igual de deseable, sólo que tal vez un poco más pálida.

Bajó la vista, consternado, y vio que sostenía entre las manos la cabeza de un buey degollado.


‹   ›