La mutación de Heisenberg

Sábado, 8 de Junio de 2013

Steve Redwood

«La mutación de Heisenberg» es uno de los relatos incluidos en Simetrías rotas, la excelente e iconoclasta recopilación de relatos recientemente publicada por Sportula. Una lectura altamente recomendable y muy poco convencional de la que este cuento es una buena muestra.


La primera vez que Charles Algernon Soames, quien a veces le hacía préstamos al sultán de Brunei, comprendió que algo andaba mal fue justo antes de su octogesimoquinto cumpleaños. Corría un día gélido de mediados de enero, así que, antes de salir de casa, su esposa había procedido a abrir una por una todas las ventanas y a apagar la calefacción. Él frotaba los brazos para mitigar el mordisco del frío cuando constató que entre los hombros y los codos se le había formado algo semejante a una afilada cresta. ¿Eran carámbanos? Estaba a punto de llamar a uno de los criados cuando recordó que su mujer les había dado toda la semana de vacaciones, de modo que se despojó con dificultad de la camisa (alguien le había escondido el jersey) y vio que los brazos se le habían aplastado hasta parecerse a bates de cricket.

Su mujer no había caído en el detalle de cortar las líneas telefónicas, así que llamó a sus médicos. A los cinco.

―Completamente normal ―dictaminaron al unísono, no sin antes activar el modo «tranquilizar al paciente» e intercambiar miradas perplejas―. Quizás algo delgado, puede que incluso un poco esquelético, pero a su edad uno no puede aspirar a parecerse a Schwarzenegger.

Le cobraron la suma excesiva de costumbre y un 30% extra por el chiste. Y que conste que los chistes graciosos son aún más caros.

Al día siguiente les tocó el turno a sus piernas. Estaba tumbado en la cama cuando oyó unos ruiditos (pin, pin) y notó que sus nalgas y su vientre se precipitaban hacia un encuentro mutuo. Y al mirarse comprobó que las piernas se le habían soldado en una pieza y se habían aplastado hasta adquirir una forma rectangular, similar a una lápida, con los pies colgando por el borde de la cama como arañas desconcertadas.

Esta vez, a los médicos (que se habían quedado a pasar la noche por una insignificante suma de cinco cifras) no les dio por bromear. Incluso consintieron que un antiestético ceño de preocupación deformara sus sonrisas profesionales. Finalmente reconocieron que, aunque por supuesto estaban seguros de que no se trataba de nada serio, tal vez no sería descabellado llamar a un especialista. Cuando el enfadado anciano les recordó que durante la última década le habían cobrado minutas de especialistas, se limitaron a toser, adoptaron expresiones afligidas y respondieron que se referían a un «especialista en personas aplanadas». Para cuando el especialista en personas aplanadas hizo acto de presencia, Soames ya había perdido el uso del habla, toda vez que su tronco y cabeza habían seguido el ejemplo geométrico de las extremidades. Ahora se le veía más delgado que una hostia consagrada en una parroquia con recortes presupuestarios. Parecía uno de esos personajes de dibujos animados a los que una apisonadora les ha pasado por encima. Y era evidente que sufría también de deshidratación severa: su piel se había vuelto rugosa y reseca como el pergamino; sus dedos, amarillentos y curvados, igual que papeles viejos.

—A decir verdad, si uno se fija ―observó el especialista en personas aplanadas tras meditar un buen rato― su aspecto es el de un documento de tamaño humano. Sí, un documento, sin duda. ¿No han observado que posee las mismas proporciones que un pliego A4?

Lo llevaron a un hospital privado. Muy privado, a juzgar por el modo en que tres simples millonarios de los que aún no habían alcanzado el rango de multimillonarios fueron despojados de sus camas y relegados (si no con poca ceremonia, sí de un modo ciertamente expeditivo; un millón era a fin de cuentas un millón) a un anexo cercano. Los médicos lo colocaron sobre lo que afirmaron era una cama último modelo diseñada especialmente para personas aplanadas, aunque cabría sospechar, por el ligero aroma a esmalte de uñas que despedía, que se trataba simplemente del escritorio de una de las secretarias. El hospital, no obstante, no habría podido cobrar lo mismo de no haber una mesa de diseño exclusivo.

Tras varias pruebas exhaustivas quedó de manifiesto que el diagnóstico del especialista había sido completamente exacto (no en vano se trataba de la mayor eminencia mundial en el campo de la gente aplanada). Ya no quedaba lugar a dudas.

Charles Algernon Soames se había transformado en su propio testamento y registro de últimas voluntades.

—He de confesar —dijo el especialista, tratando sin éxito de parecer modesto— que no se trata del primer caso con el que me topo, aunque sí del más agudo. Si pensamos en ello, el hombre que le compró a Bill Gates su parte de Microsoft con la calderilla que llevaba en el bolsillo estaba predestinado, antes o después, a ser considerado la fuente de una futura herencia antes que un ser humano. Nos hallamos, por tanto, ante un caso clásico del principio de incertidumbre de Heisenberg; un ejemplo de hasta qué punto el observador puede influir sobre el fenómeno observado, aunque a nivel macroscópico: en este caso, el afán de ciertas personas por hacerse con la fortuna del paciente era tal que lo veían únicamente como un testamento ambulante. Al final, la energía liberada por toda esa codicia logró romper la estructura molecular de su cuerpo y… bien… he aquí el resultado.

Y le dio unos golpecitos a Soames en el lugar de la firma del notario, que estaba empezando a aparecer. Los médicos sacudieron la cabeza con tristeza ante semejante muestra de la codicia humana. Al fin y al cabo, ellos sólo podían sacar tajada mientras el paciente siguiera vivo.

—Si me puede proporcionar el teléfono del doctor Heisenberg, me gustaría discutir con él acerca de sus teorías ―dijo un joven interno, ávido de impresionar a sus superiores con su afán por aprender―. En mi modesta opinión, dado que todos deseaban su muerte, ésta habría sido un resultado más probable que su transmogrificación.

Se sintió decepcionado cuando todos pasaron por alto su impresionante neologismo.

—Cierto —dijo el especialista—, pero con algunas… digamos notables excepciones, la mayoría de estas personas no deseaban su muerte en sí misma. Ése era un detalle circunstancial. Lo que querían era su dinero. Por lo tanto se ha convertido en su testamento sin morirse previamente.

En ese preciso instante, como confirmando el agudo diagnóstico, una de las uñas de Soames se desprendió mostrando en su interior lo que parecía un fragmento de cláusula.

El especialista asintió con gesto sapiente.

—Que quede entre nosotros —dijo—, pero creo que la reina de Inglaterra muestra síntomas inequívocos de la misma enfermedad. Tal vez hayan notado que le ha dado por llevar sombreros en forma de sobre.

Convocaron a la familia y con todo el tacto posible les explicaron que Charles Algernon Soames ya no estaba compuesto de carne y de sangre, sino de vitela de la mejor calidad (lo cual no era del todo cierto, pero uno no les cuenta a los posibles herederos de una fortuna de miles de millones que su ser querido ha degenerado en simple papel manila o en un papiro apolillado). La Señora Soames, en particular, a pesar de su anterior condición de starlet en Los vigilantes de la playa, demostró ser una mujer de gran fortaleza, de las que no consienten que la adversidad las venza, ni siquiera que las despeine.

―Pues vamos a abrirlo y a leerlo ―dijo con impaciencia―. Cuanto antes lo impugnemos, mejor que mejor.

Sus hijos la miraron con arrobo.

Los médicos tosieron del modo en que suelen hacerlo los médicos y observaron que, si bien su ser querido se había transformado, clara e irrevocablemente, en un documento, se trataba éste de un documento sellado y lacrado. Para abrirlo y leerlo sería necesario romper el sello. Y puesto que el sello era una parte integral del nuevo señor Soames, tal proceder equivaldría a practicarle una autopsia.

—¿Y qué? —dijo la señora Soames, revelándose en efecto como una mujer de notable fortaleza.

Finalmente se le hizo ver que su amado esposo no podía ser diseccionado sin un certificado oficial de defunción y que (en respuesta a su segundo «¿y qué?») de momento no podían expedir dicho certificado, ya que el electroencefalograma del paciente seguía mostrando actividad cere… bien, actividad del tipo que fuera. Dicho de otro modo, de acuerdo que el señor Soames ya no estaba hecho de carne y de sangre, pero tampoco estaba muerto.

Tan pronto como la señora Soames abandonó el hospital como un tornado y ambos hijos salieron a su rebufo, los médicos se dieron de bofetadas por haber mostrado tantos escrúpulos, conscientes de que su única oportunidad de jubilarse jóvenes pasaba por revertir de algún modo el estado del paciente. Poca ayuda podía esperarse de la literatura científica sobre el tema. El doctor Jekyll había destruido todas sus notas. Alicia se había mostrado sospechosamente vaga sobre los aspectos técnicos de la transformación del bebé de la Duquesa en cerdito. En cuanto a Kafka, los recortes en educación de la era Thatcher lo habían eliminado de los programas escolares. Y la fisiología de ranas, murciélagos, serpientes y orugas guardaba poca relación con el caso que les ocupaba. Todos se volvieron al especialista en personas aplanadas.

—Opino —dijo (¡y eso que su tutor le había desaconsejado que se especializara en aplanamientología humana!)― que nuestra única oportunidad se cifra en dar con alguien que considere al señor Soames un ser humano en lugar de un testamento viviente, y luego dejarlo a solas con él. Quizás esto pueda contrarrestar el proceso.

Y en su fuero interno pensó que resultaría más fácil encontrar a diez hombres justos en Sodoma y Gomorra.

No sin ciertos escrúpulos, comenzaron por la señora Soames, a la que previamente hubo que invitar a aligerarse de un soplete, un cúter y una palanqueta que llevaba escondidos bajo el vestido. Pero apenas habían transcurrido unos minutos cuando el testamento comenzó a emitir humo y crujidos, lo que en modo alguno era buena señal. Igual ocurrió con los dos hijos de un matrimonio anterior, con los nietos y con las dos encantadoras nietecitas. Probaron con sus colegas del mundo financiero, con los socios de su club de golf y con sus ex amantes, pero tan sólo obtuvieron más crujidos y algún débil quejido en respuesta. Un par de amigos de la escuela estuvieron a punto de lograr que le creciera un esbozo de oreja en la esquina superior izquierda, aunque se transmutó en papel tan pronto como estas personas, que prácticamente se habían olvidado de Soames, empezaron a hacer cábalas sobre si él también se habría olvidado de ellos, y si aun así les correspondería alguna pequeña gratificación por la ayuda prestada.

Llamaron a una médium, lo que no restituyó al señor Soames a su forma bípeda pero hizo posible que los médicos obtuvieran alguna información sobre su estado mental. Aunque algo espesa por culpa del ectoplasma, su voz surgió clara de los labios crispados de la médium: «¡Que os jodan, que os jodan a todos!».

—Es lo que cabía esperar ―dijo el especialista en personas aplanadas, que era un hombre muy comprensivo pese a su condición de médico―. No debe de ser muy cómodo eso de verse estrujado hasta la condición de simple papel, aunque se trate de un papel de tamaño humano. La señora Soames afirmó que sólo los muertos se comunican a través de médiums, lo que adujo como razón adicional para que su marido fuese enterrado o incinerado, y su fortuna liberada junto con su alma. Hubo que llamar a los antidisturbios para desalojarla del hospital.

A esas alturas, a pesar de todas las precauciones, el caso se había hecho público y hasta rivalizaba en los titulares de la prensa amarilla con las declaraciones de un político a punto de revelar su condición de hermafrodita y en los de la prensa seria con la noticia de la reciente invasión de los Estados Unidos por parte de Venezuela.

La Iglesia, por su parte, cerró filas contra la decisión humanitaria de los médicos, sobre todo cuando la señora Soames prometió realizar ciertas donaciones. En tanto que criatura de Dios, proclamó la Conferencia Episcopal, el señor Soames tenía derecho a recibir de inmediato cristiana sepultura. Y por una vez el movimiento proeutanasia estuvo de acuerdo con la Iglesia: si quien se halla en situación de coma irreversible tiene derecho a una muerte digna, lo mismo reza para quien se halle en situación irreversible de pulpa de madera, o de pergamino, o de papel cebolla, o de lo que sea.

—Dejadme que lo conduzca a una vida mejor haciéndolo pasar por una trituradora de papel ungida con los santos óleos ―tronó el doctor Kevorkian―. Mejor eso que languidecer de forma ignominiosa entre los legajos de un archivo.

El caso fue remitido al Tribunal Supremo. Las multitudes se congregaron en la puerta. «Por el amor de Dios, seguro que está muerto», murmuraron un centenar de voces de champán francés que confiaban en que sus nombres figurarían en el testamento. «Abrámoslo y que descanse en paz.»

«No está muerto», replicaron un millar de voces de cerveza y vino peleón cuyos dueños se sabían excluidos del testamento. «¡Dejadlo tranquilo!»

Un centenar de voces de ricos contra un millar de voces de pobres representa obviamente un empate, por lo que la cuestión acabó dirimiéndose en el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya (qué mejor banco de pruebas que Holanda para cualquier ley de eutanasia). Sin embargo, como si de una patata caliente se tratase, le pasaron el asunto a la ONU. Esta decisión pudo haber sellado el destino del señor Soames (a la vez que «des-sellaba» al propio señor Soames). No en vano alguno de los miembros más morenos de las Naciones Unidas soñaban con cortar en rodajas a algún capitalista colonial que otro. Pero cuando apenas habían tenido tiempo para salivar un poquito, nuevos acontecimientos frustraron sus propósitos.

Lo curioso del asunto era que Charles Algernon Soames compartía por completo las aspiraciones de esos miembros morenos de las Naciones Unidas. Es decir, también él deseaba ver cortadas sus páginas intonsas, aun cuando sus motivos no fueran exactamente los mismos. Pero estaba tan interesado como el que más en averiguar lo que estipulaba su persona y a la vez testamento. De hecho, en caso de no recuperar su forma humana (lo que le permitiría redactar un testamento normal), temía que esos idiotas timoratos de sus médicos no accedieran a abrirlo para que los abogados lo ejecutaran (en calidad de testamento, no como ser humano).

Su forma física respondía al modo en que otros le veían, de eso no cabía duda. Pero ¿y el contenido? ¿Representaba éste los anhelos de esas personas o más bien sus miedos? Si un arúspice viniera para leerle las entrañas, ¿descubriría que le había dejado todo a su mujer, como ella quería, o bien que se quedaba a dos velas, como temía? Él mismo lo ignoraba. Lo que sí sabía era que en caso de morir intestado (lo que no dejaba de resultar irónico, dado que él era un testamento) su familia se lo llevaría todo, billón arriba billón abajo, considerando el bocado de Hacienda.

Aunque su peculiar metamorfosis lo había privado de movimiento y sensaciones, un nuevo sentido había tomado el relevo. Los pensamientos y deseos de los demás habían operado la transformación porque él ya poseía un poder telepático latente, y ahora ese poder había dejado de ser latente: descubrió que podía leer las mentes y corazones de la peña, no solamente de quienes lo rodeaban, sino de cualquiera que hubiera estado remotamente vinculado con él.

No le supuso una gran sorpresa lo que encontró en la mente de su esposa, una vez se hubo abierto camino entre los gusanos y las sabandijas: ventanas abiertas en pleno invierno, pastillas de jabón en lo alto de las escaleras, mosquitos anófeles escondidos en su ropa interior, altavoces que atronaban con canciones de Julio Iglesias colgados tan alto que sólo era posible alcanzarlos con una escalera de mano bajo la cual se veía un montoncito de serrín, aquellas tres fogosas y atléticas prostitutas que encontró en su cama (de modo simultáneo)… Todas estas cosas preludiaban el descubrimiento que acababa de hacer: que su esposa lo veía como una especie de repugnante babosa que taponaba la mayor hucha de cerdito del mundo, y todo por su manía de no hacer lo correcto y estirar la pata. Se acordó de los idílicos primeros meses de su matrimonio, y de cómo se sintió empujado a redactar un testamento en el que se lo dejaba todo a ella. Cierta mañana, sin embargo, la encontró solazándose sobre el altar de su capilla privada, con un consolador en una mano y el testamento abierto en la otra. Esto resultaba, como poco, inusual en un estadio tan temprano del matrimonio, por lo que él había aprovechado el momento del orgasmo para arrebatarle el testamento y quemarlo.

En cuanto al resto de la familia y allegados, todos lo veían, en un grado o en otro, no como frágil anciano, sino como potencial dispensador de herencias. Y en su fuero interno sospechaba que se lo tenía merecido. ¿Acaso alguna vez había sido capaz de dar amor, al margen de aquel encoñamiento por una mujer que tenía la cuarta parte de su edad? ¿Cómo había podido engañarse de ese modo y pensar que no la estaba comprando?

Por lo que pudo determinar, existía una única excepción: una única criatura que lo había amado de un modo total, absoluto, sin reservas ni condiciones. Y no se trataba de sus nietas de dos años, quienes a su temprana edad ya habían sido instruidas para sentarse en sus rodillas sin olvidar jamás que aquel viejo pedorro representaba «montañas de caramelos para siempre, siempre, siempre». Ni siquiera de su perro, que, a pesar de sus despliegues de lametones y ladridos de bienvenida, le profesaba un rencor secreto por haberlo hecho castrar a raíz de aquel incidente con la perrita pequinesa de los vecinos.

No, no era ninguno de éstos. La única criatura que de verdad había amado a Charles Algernon Soames era su pez de colores.

Era asombroso. Había pasado años convencido de que el pececito se limitaba a abrir y cerrar la boca sin propósito mientras, con mirada bobalicona, contemplaba el mundo desde su pecera, ¡cuando lo que hacía en realidad era enviarle besos! En su mente estólida de pez de colores, igual que en aquellos pudines navideños de antaño en los que se escondía una moneda de plata, sólo relucían tres elementos: el recuerdo de aquel día en que lo salvó por los pelos de la vesania del nuevo gato de su mujer; la imagen de su mano vertiendo alimento en la pecera; y una masa de amor hacia él tan densa como una vez lo fueron los bancos de kril de los mares antárticos.

Soames sintió que una lágrima se deslizaba por su mejilla: en aquel mundo brutal de poder y dinero, alguien lo había amado de verdad.

¿Había sentido una lágrima? ¿En la mejilla?

Estaba cambiando. Volvía a ser lo que antes era. Sintió el calor y el cosquilleo de estar vivo. Sintió… Pero entonces volvieron al ataque todas esas mentes voraces, arrastrándolo de nuevo con el poder de sus miedos y de sus deseos. Eran demasiado numerosas, demasiado codiciosas, demasiado fuertes. Contraatacó mientras yacía allí en silencio, tratando de cerrarles el paso, recibiendo y devolviendo el amor del pez de colores. Sintió una fuerza reposada que crecía en su interior, y con esa fuerza su mente buscó al especialista en personas aplanadas, mientras se concentraba en recuperar lo único que necesitaba de verdad.

Al cabo de tres horas, salvo por una única mano, ya no era más que pergamino, amarillento y podrido pergamino en proceso de desintegración, y sus pedazos revoloteaban y luego caían al suelo para desesperación de su esposa, que miraba con furia y trataba de arrancarle un trozo de papel al especialista en gente aplanada y al abogado que lo acompañaba.

* * *

La familia, por supuesto, trató de invalidar el nuevo testamento. Acudieron a los mejores abogados y les prometieron un porcentaje de lo que sacaran. Pero en el nuevo testamento se legaba una suma enorme al colegio de abogados a condición de que ninguno de sus miembros planteara litigios, en cuyo caso la donación quedaría anulada. Aun así hubo uno o dos que se dejaron tentar por la recompensa que la familia prometió si ganaban, aunque tras perder una pierna o dos a mordiscos se dieron cuenta de que sus colegas estaban plenamente dispuestos honrar su fama de tiburones.

El dinero que no se destinó a beneficencia sirvió para dotar la Fundación Charles Algernon Soames en Pro de la Amistad entre Humanos y Peces de Colores. Allí, en el mayor acuario del país, con los muros cubiertos de pinturas de gatos (gatos torturados en el potro, ensartados en pinchos o asándose sobre una parrilla), fue a vivir el pececito de colores, al cuidado de más de cien ictiófilos que cobraban generosos salarios. El especialista en gente aplanada, que en realidad era un hombre bastante romántico, acudía a veces para rememorar la extraña escena de aquella mano recién formada en trance de escribir el nuevo testamento, y el modo en que después pareció agitarse en sosegado gesto de despedida. Entonces sonreía y sacudía la cabeza y miraba al pez de colores. En una ocasión se acordó (aunque en realidad fue como si alguien o algo hubiera puesto allí ese pensamiento) de aquella cita de Coleridge, cuando el viejo marinero les declara su amor a las serpientes marinas y las bendice, y cómo en ese instante «de mi cuello entonces liberado se desplomó el Albatros, y se hundió cual plomo en el mar».

Y tras asegurarse de que nadie miraba, enrojeció y comenzó a devolver los besos del pececito de colores.

 

Título original: “The Heisenberg Mutation”. Traducción de Eloy M. Cebrián

© 2013, Steve Redwood
© 2013, Eloy M. Cebrián, por la traducción


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