La sombra del cazador

Miércoles, 18 de Septiembre de 2013

Ángel Luis Sucasas

Áireán, de Ángel Luis Sucasas

Cuando El Cazador brilla en la noche y el año oscuro comienza, los muertos vuelven al pueblo.
Madre cuelga una gruesa cortina de pieles que divide nuestra choza en dos y se sienta a esperar al otro lado. Yo me tumbo en el suelo, me cubro con una manta y escucho. Pues solo puedo escuchar. Nunca mirar.
Pero, cuando una es niña, es curiosa.
Y, tarde o temprano, sabes que harás lo que no debes.

 

Lo que no debes

 

Iba a cumplir mi undécimo Samaihn.
Era fuerte, muy fuerte para ser una niña, como decía, medio en broma, mi instructor y jefe de la tribu, Brian. Cada vez que tumbaba a un niño o que lo desarmaba con una finta de mi espada de madera, siempre decía lo mismo.
—Tu madre equivocó tu nombre, Alda. Debió haberte llamado Brígida.
Así decía siempre. Pero yo agradecía mi nombre a mi madre. «Brígida» me hacía arrugar la nariz.
Cuando vencí en el pequeño torneo de Samaihn, Brian me sonrió, orgulloso no tanto de mi victoria como de que no hubiera llorado cuando el muchacho me rompió la nariz. Simplemente seguí luchando, y aproveché la confianza de mi rival fingiéndome más débil de lo que estaba. Caminé con piernas de agua, balanceando mi equilibrio y defendiéndome apenas de sus rudos ataques. Cuando trastabillé y dejé expuesta mi defensa, el muchacho se abalanzó tal y como había predicho. El resto fue fácil. Esquivé y ataqué. Y sus dientes saltaron cuando mi pie lo alcanzó en la mandíbula.
Hubo asombro y alegría y muchos gritos de: «¡Digna heredera de su sangre!». Madre reía y lloraba, cruzando sus manos y agitándolas. Al mirarla, sentada muy alto sobre los hombros de Brian, le sonreí. Y supe que ambas pensábamos en padre. En cuánto lo echábamos de menos.

Brian me llevó con el druida y me sentí aterrada cuando alzó la manta de su cabaña sagrada. Pero lo disimulé muy bien y Brian me sonrió con aquella sonrisa especial que era tanto para ti como para él. Entré en la cabaña sin vacilar y la manta cubrió el umbral, sumiéndome en la oscuridad.
Una llama azul floreció en las tinieblas. Los ojos de Quinn, severos bajo sus espesas cejas, emergieron frente a mí. Me miraban muy fijamente.
Brian me dio una palmadita en la espalda y me di cuenta que me había quedado quieta; tensa y aterrada. Así que, furiosa conmigo misma, me obligué a acercarme a las llamas y sentarme frente al druida.
Él tomó mi pequeña mano, que estaba fría y húmeda. La suya, seca y cálida, alejó por un instante el miedo. La volteó y examinó minuciosamente. Midió el largo y ancho de los dedos, contó las líneas de mispalmas, pasó un estilete bajo mis uñas, sacándolo limpio, y luego cabeceó satisfecho. Me permití una sonrisa.
Entonces clavó una daga sobre mi palma.
Confieso que grité y que intenté alejar la mano, pero la fuerza de nuestro druida desmentía sus blancos cabellos y sus profundas arrugas y sostuvo su presa sin esfuerzo. Lentamente, siguió pasando la afilada hoja por mi palma, trazando un dibujo de sangre sobre ella. Y, aunque dolía, ya no grité más.
Aunque al principio temí quedarme impedida, y era la mano de la espada, pronto comprendí que los cortes de Quinn eran precisos y seguros. No me cortarían los músculos y tendones, dejándome inútil para el combate. Así que me relajé y me dejé fascinar por la pulcra perfección de su sangriento dibujo.
Pronto reconocí la forma que nacía de mi carne y no pude reprimir una orgullosa sonrisa. Principio y fin. Evolución, sabiduría y conocimiento. Pasado, presente y futuro. Las tres espirales y el triángulo central que las unía. Un triskel nacía en mi mano. Y el honor que representaba ardía en mi pecho.
Di un respingo. Sin previo aviso, Quinn sumergió mi mano en las llamas azules. Temí el dolor intenso de las llamas, la blandura de la piel bajo el fuego que pronto comenzaría a oler como un asado de venado. Pero las llamas azules estaban frías. Y cuando Quinn alzó mi mano danzaban por las espirales del triskel, atenuándose lentamente.
Pronto, sólo permanecía una suave aura, ya sin llamas, que definía el contorno del triskel. Pero había una región que no se iluminaba. La espiral de futuro continuaba en las tinieblas. Perdí mi sonrisa y, agitada, alcé la mirada para encontrarme con los lagos de hielo que eran los ojos de Quinn. Y vi algo que jamás creí poder ver allí. Vi miedo.
—Gran valor, hija de jefe —dijo Quinn y dio la vuelta a mi mano, escondiendo el triskel y su espiral oscura—. Y ahora vete y disfruta de tu victoria antes de que los muertos caminen.
Quería preguntarle por qué no se había iluminado la espiral de futuro, si era un buen o mal presagio, si debía cuidarme de algo en los próximos días o si era mejor que no me preocupara por ello. Pero los dedos de hierro de Brian se cerraban sobre mi hombro, así que me despedí respetuosamente y salí de la oscuridad de la tienda a las luces de la fiesta.

Bailé mucho aquella noche. Bebí corma por primera vez, me reí como una tonta con el resto de las muchachas y dediqué atrevidas miradas a los jóvenes bardos aspirantes a la lira de oro. Perdí uno de los pendientes que madre me había regalado por mi triunfo y lloré como una niña tonta mientras lo buscaba entre la hierba. Pero luego lo encontré y seguí bailando, riendo y bebiendo.
Cuando la hora de los muertos se acercaba y Quinn había salido ya de su tienda para darnos el discurso del nuevo año oscuro, un rapaz se me acercó con una bolsita de cuero rojo.
—Regalo del buey patoso al que tumbaste hoy —dijo, entre risas—. El muy cobarde no se atrevía a dártelas él mismo. Pero yo si me atrevo ¿Me darás un beso?
Se lo di y también un buen azote en el trasero por descarado. Luego abrí la bolsita y derramé su contenido sobre mi mano. Abrí mucho los ojos. Eran piezas de fidchell, talladas a mano; las blancas, perlas del río, las negras, ágatas arrancadas del seno de la montaña. Eran preciosas y no podía ni imaginar cuánto trabajo se había consumido en lograr tal acabado.
Lo busqué con la mirada, pero todos se habían levantado ya, rodeando la hoguera, y me era imposible encontrar su rostro entre aquellas caras serias y doradas. Quinn se levantó y comenzó su discurso, agitando el extremo de su largo báculo, donde tintineaban campanillas de plata.
Era el discurso de siempre y la corma me había afectado más de lo que querría admitir. Así que no atendí demasiado a las palabras de Quinn, intentando encontrar al muchacho al que había vencido aquella tarde y que me había regalado aquellas preciosas piezas. Pero cuando sus palabras se acercaban al final, algo en su voz me hizo volver la mirada y encontrarme con sus fríos ojos azules. Me miraban sin pestañear, directamente, y un estremecimiento me recorrió de la cabeza a los pies.
—Y recordad, hermanos. El triskel nos habla del pasado, presente y futuro y del punto donde todos ellos se encuentran, que es la muerte. Y para evitarla no hay nada mejor que temer al futuro y no desafiarlo con la temeridad de los jóvenes, sino venerarlo con la sabiduría de los ancianos.
La voz profunda de Quinn se apagó y sus ojos dejaron de mirarme. Sintiéndome el blanco de todos los ojos, me alejé de la hoguera y volví a casa. Me derrumbé sobre mi lecho de paja y, sin saber por qué, volví a llorar, odiándome por ello. Pero al mirar mi palma y contemplar el triskel tatuado, no pude evitar seguir sintiendo miedo.
«Temer el futuro».
«Temer el futuro».
Lo temía. Pero no lo suficiente.

Poco después, volvió madre y me preguntó por qué me había marchado tan deprisa. Le dije que había sido la corma y que me habría avergonzado mucho si mi estómago me hubiera traicionado delante de toda la tribu. Ella me revolvió el cabello y me regañó cariñosamente por haber bebido tanto. Callé mi temor por el triskel. Madre tenía suficiente con lo que la aguardaba esta noche.
La ayudé a ajustar el bastidor y la cortina. Luego la besé en las mejillas, le deseé suerte y le pedí que le dijera a padre cuánto lo echaba de menos. Ella, llorando sin poder evitarlo, me dijo que se lo diría.
Cuando sonaron de nuevo las campanillas de plata de Quinn, anunciando el toque de queda para todos los jóvenes, ya estaba al otro lado de la cortina. Nerviosa, abrí el saquillo con las piezas de fidchell y comencé a jugar contra mí misma. Muchos de los otros chicos y chicas podrían dormir en esta noche, acostumbrados ya a las visitas de los muertos. Yo no. Siempre necesitaba hacer algo, luchando con el impulso de descorrer la cortina para ver a padre. Y, aunque la noche se hacía muy larga, la actividad calmaba el deseo de romper la prohibición.
Pero aquella noche…
Aquella noche estaba demasiado inquieta. Mi victoria en el torneo, la visita a Quinn y el triskel y el hermoso regalo del muchacho. Glen, se llamaba, aunque no estaba segura. A la mañana siguiente le agradecería aquellas hermosas piedras.
De pronto, la atmósfera del hogar cambió y una caricia helada me puso la piel de gallina. Intenté resistir la tentación, porque sabía por experiencia que dar la espalda a la cortina era lo mejor que podía hacer. Padre estaba en casa. No importaba que la gruesa cortina me impidiera verlo. Bajo ella, se filtraba el resplandor violeta que siempre acompañaba sus visitas.
Aquella noche, más que en ninguna otra, debí haber vuelto la espalda; desplegar una vez más mis preciosas piezas de fidchell y jugar hasta el amanecer. Pero, como dije, tarde o temprano sabes que harás lo que no debes.
Me levanté silenciosamente. Según nos había explicado Quinn, desde que éramos unos chiquillos que andaban torpemente por el pueblo, estaba prohibido que los guerreros muertos vieran más que a sus esposas durante el Samaihn. Pero de aquella regla no se deducía que nosotros no pudiéramos verlos a ellos. Se daba por sentado que así era y por ello aguardábamos tras las gruesas cortinas de pieles mientras los valientes muertos calentaban (o tal vez al contrario) el lecho de sus viudas una vez más. Sin embargo, ¿qué ocurriría si pudiéramos ver a padre y él no pudiera vernos?
La idea se clavó en mi mente y ya no la dejó. Pensé, mientras oía los suaves gemidos de madre, cómo podía ejecutar aquel plan. Mi mitad al otro lado de la cortina daba a la ventana, cubierta con otro grueso manto de pieles que no me costaría alzar sin hacer apenas ruido. Además, el revoque de barro de nuestra choza casi se había desprendido por completo, dejando al descubierto los irregulares salientes de las piedras. Brian nos ayudaría a repararlo pronto. Pronto, pero no aquella noche.
Salí por la ventana como una sombra más de la noche. Aferrada a las piedras de la choza, contemplé por encima del hombro cómo lucía mi silencioso pueblo. Nada, ni un sonido, salvo el viento meciendo la paja de los techos. Y, bajo los mantos de pieles que cubrían umbrales y ventanas, el resplandor violeta de los muertos. Por un momento pensé en volverme atrás. Pero poder ver a padre, después de tanto tiempo, pesaba más en mi corazón. Así que seguí trepando, lenta y cautelosa, sin buscar nuevo apoyos para las manos hasta que había asegurado los de los pies. La paja fue mucho más sencilla y muy pronto estaba ya sobre el agujero del hogar.
Me asomé y miré hacia abajo. Sobre el lecho de paja, mamá gemía, los ojos cerrados con fuerza como si sintiera un gran dolor. Pero comprendí que no era el dolor, sino el calor de hombre y mujer lo que la hacía gemir. Sobre ella, dándome la espalda, había un hombre robusto. Su piel era gris y sobre ella relucían muchos símbolos de nuestro pueblo: espirales, triskeles o sigils, relumbrando con un aura violeta.
Quieta y callada, los observé hacer el amor. Era la primera vez que veía algo así. Y, al contrario que las boberías que nos cuchicheábamos los niños y muchachos, era algo hermoso y terrible. Podía sentir el poder de ese acto en cada embestida de mi padre, en cada gemido de mi madre, en cada contorsión de sus cuerpos que parecían haberse fundido en uno.
Al fin, papá alzó su torso, sin separarse de mamá y apuntó su rostro al cielo. El grito de mamá y papá se unieron en un largo gemido. Cuando todo acabó, papá abrió los ojos. Y me vio.
Perdiendo el apoyo, caí por el agujero del hogar y me golpeé el hombro contra el suelo de paja. Pero el dolor era lo que menos me importaba y traté de escabullirme mientras sentía la fría presencia que se acercaba. Fue inútil. Unas manos frías me alzaron del suelo como si fuera una pluma. Y al abrir los ojos me enfrenté con el rostro muerto y apenado de padre.
—¿Qué has hecho, hija? —susurró, y la honda tristeza de su voz me asustó más que si en ella ardiera la ira—. ¿Qué has hecho?
Luego me dejó sobre el suelo, miró una vez a mi madre, que sollozaba desnuda sobre el lecho, y salió de la choza, perdiéndose en la noche.
Rota, me dejé caer sobre mis rodillas, sintiendo una gélida quemazón en los hombros, allí donde padre me había tocado. Y así me quedé hasta el amanecer, inmóvil, escuchando los sollozos de mi madre sobre el lecho.

Año de luz, año de sombras

A pesar de aquella noche terrible, fueron los años más felices de mi vida.
Mamá decidió callar lo ocurrido y guardamos el secreto al resto del pueblo, aunque cuando Quinn presidía junto a Brian las fiestas y banquetes siempre sentía su mirada sobre mí como si supiera algo. Pero si algo sabía, decidió callarlo y poco a poco perdí el miedo a ser descubierta y alejé la culpa de mis pensamientos.
Durante el año de sombras aprendí a montar a caballo, a blandir la lanza larga y a tocar la lira. Cuando fue tiempo de cosechas, y muchas de mis amigas se dedicaron a arar y a sembrar, yo viajé con los hombres a las partidas de caza y me cobré varias piezas en mis primerizas incursiones.
En cuanto a Glen, me costó agradecerle su regalo. A pesar de que siempre lo llevaba conmigo, el saquillo de cuero rojo colgando mi cinturón, él no parecía verlo y evitaba mi mirada. Pero sus amigos sabían cuán contento estaba de verme con él. Así que los interrogué para averiguar cómo podría encontrarlo a solas y agradecérselo como merecía.
Fue en un salto del Aguas Vivas, donde una gran cascada caía desde las rápidas aguas del río alto a las lentas y anchas del río medio. Al pie de la cascada se extendía un gran lago, de orillas redondas y pedregosas, donde solían bañarse los chicos. Y allí se bañaba desnudo Glen mientras yo lo miraba, sonriendo, desde los matorrales.
Junto a sus ropas, a salvo sobre la orilla, había una larga vara de fresno. El Ojo del Cielo (así llamábamos al lago) tenía una peculiaridad ideal para practicar el arte de la lucha con la vara. Seis grandes piedras, lisas por las caricias del río, emergían de su lecho bajo la cortina de la cascada. Allí jugaban los niños armados con las varas, organizando batallas de a cuatro o duelos entre dos valientes que no tuvieran miedo a pelear entre salto y salto. Al ver la vara, se me ocurrió una traviesa idea.
Cuando Glen salió del agua, confiado en poder ponerse sus ropas, se encontró con que habían desaparecido. Primero las buscó por todas partes, incluso tan lejos de donde las había dejado que no pude evitar un resoplido; a veces los hombres tienen el seso más duro que un roble añejo. Luego se puso alerta, sospechando que alguien más merodeaba por los alrededores, sus músculos tensos bajo la piel como si fueran de hierro. No niego que retrasé mi sorpresa para alegrarme algo más la vista. Siempre he sabido lo que he querido. Y no me avergüenzo de ello.
Al fin, decidí acabar la broma. Salté de los matorrales a la orilla.
—¿Buscas esto?
No sé qué fue mejor, si su gritito agudo ante mi aparición o la velocidad a la que enrojeció y se lanzó de nuevo al agua. Sonriendo, me senté de rodillas a cierta distancia del agua, con la ropa en mi regazo.
—Aunque no lo creas —dije, regodeándome en su vergüenza—, no eres el primero al que veo como te ve tu madre. Las chicas del pueblo sabemos que aquí venís los chicos. Y os vigilamos a menudo.
El sonrojo le llegó a las orejas. Pero también frunció el ceño. Comenzaba a enfadarse. Y eso me divertía.
—¿Quieres esto? —pregunté y puse a su alcance las ropas, solo para retirar la mano tan pronto como intentó cogerlas—. ¡Pues ve a buscarlas!
Con fuerza las lancé por encima de la cabeza. Un salpicón y cayeron al agua.
Glen, estupefacto, abriendo mucho la boca pero sin decir palabra, me miró a mí, miró a las ropas, de nuevo a mí y cuando comenzó a nadar hacia ellas ya se habían hundido.
Desde la orilla solo podía ver sus espaldas. Y él podía oír mis risas. He de confesar que cuando se volvió, me asusté. Nunca había visto a nadie tan furioso. Pero lo disimulé bien con otra risotada.
—Tú… Tú… —repetía sofocadamente, sin encontrar las palabras.
—Yo, sí. —Y dejé que mi sonrisa se desvaneciera en una mueca desdeñosa—. Te reto, Glen, hijo de Gordon. Por Taranis y Lug, te reto.
Y, sin dejarle replicar, tomé su vara, la partí en dos y le lancé una mitad.
Luego, veloz, me desnudé, salté a las aguas, me permití salpicarle al pasar a su lado y lo aguardé al otro lado de la cascada, chorreando sobre una de las piedras emergidas.
Glen luchó, por supuesto. Al principio llevó muchos golpes. A decir verdad, y aunque las chicas disfrutamos observando el cuerpo de los hombres, somos más prácticas. No perdemos la cabeza ante la desnudez. A Glen le costó un par de palos entender que debía dejar de imaginarse abrazando mi cuerpo y empezar a pensar cómo golpearlo.
La vara de Glen era larga, lo bastante para que sus mitades nos permitieran luchar sin problemas. Pero eran menores que una vara normal y eso nos obligaba a acercarnos más. Jadeantes, con la carne de gallina tanto por el baño como por estar a la sombra del risco sobre el que caía el Aguas Vivas, combatimos sin descanso.
Y he de decir que no me dejé vencer cuando un buen golpe de Glen me llevó al agua.
Me dejé perseguir, salpicándolo y arañándolo cuando se atrevía a acercarse demasiado. Pero al final logró arrinconarme contra una pequeña orilla barrosa con un espeso zarzal en su retaguardia. Consiguió tumbarme sobre el limo y después de unos cuantos forcejeos, arañazos y mordiscos, paré de reír y lo miré muy seria. Jadeando y temblando, sí. Pero con fuego en los ojos.
Él me sonrió, tímido, abriendo levemente los labios y dejándome ver por un instante el hueco del diente que le había arrancado. Me pareció la sonrisa más dulce y hermosa que había visto jamás.
Mi boca encontró la suya.
Sabía a verano.
Allí, a orillas del Aguas Vivas abrí mi flor.

La única nube en aquel tiempo de luz en el año de sombras fue mi madre. Siempre hosca, siempre en silencio, su plácida dulzura convertida en palabras escuetas y ásperas. Al poco tiempo, dejé de intentar hablar con ella. Casi hubiera preferido que me delatara. El reproche de aquel silencio era casi insoportable.
Dos meses después de amar por primera vez a Glen, le dije que me iba, que no lo aguantaba más. Era una de las mejores guerreras y cazadoras del pueblo, a la par que cualquier hombre. Y mientras Brian siguiera siendo el jefe, sabía que me dejaría ejercer mis cualidades sin perjuicios por mi sexo. Y aunque me sentía terriblemente mal por mi pecado en aquella ya lejana noche de Samaihn, pues el tiempo pasa muy rápido para los jóvenes y todo lo pasado es remoto, no estaba dispuesta a amargarme cada día. Ni siquiera por mi madre.
Esperaba cualquier cosa. Desdén, indiferencia o incluso furia, algo casi imposible de imaginar en alguien tan serena y blanda como mi madre. Pero cuando rompió a llorar me desarmó.
Tardé mucho en que dejara de llorar. Y mucho más en convencerla para que me dijera qué ocurría. Cuando lo hizo, lo hizo sin palabras. Simplemente, alzó la túnica y me dejó ver su vientre.
Estaba embarazada.
Esa noche era la primera noche del año de sombras.
Y las sombras se acercaban.

Brian y Quinn callaron. Brian lo hizo por lealtad con mi padre; había sido el mejor jefe que nuestra tribu conociera; y también creo que influía el deseo jamás confeso que sentía por mi madre y del que yo no dudaba. Quinn, sin embargo, lo hizo por mí. Ante mi rostro lloroso, su sonrisa sabia me reconfortó bajo sus ojos glaciales y severos.
—El pasado no puede cambiarse —dijo—. Pero futuro y cambio son uno. Piensa en tu futuro. Y decide.
Entonces lo entendí como una palmada en el hombro. El tiempo me quitaría la razón.

Así pasaron los días. Más alegres en casa, ahora que ninguna de las dos cargábamos con culpas, pero más inquietos a medida que las disculpas de Quinn y Brian respecto a la ausencia de mi madre de banquetes o ritos se hacían menos verosímiles. En realidad, no intentaban ocultar su embarazo, pues todos lo conocían ya, fuera por sus ojos o por lenguas ajenas. Jefe y druida buscaban más bien arraigar la idea en el pueblo de que Brian y Moria se amaban con discreción, esperando al nacimiento del niño por venir para celebrar su enlace con todo el oropel que merecía.
Pero cuando la novena luna quedó atrás y también la décima, nuestra tribu era un avispero. Se hablaba de malos presagios. De cosechas agostadas, escasos animales en el bosque, clanes hermanos en pie de guerra y del inexplicable y eterno embarazo de mi madre que, para mayor incredulidad, no se apreciaba lo debido en la hinchazón de su vientre. El ambiente me costó aun dos semanas de silencio con Glen tras un comentario inapropiado de mi amor y un furioso (y merecido) puñetazo por mi parte.
Lo cierto es que las cosechas se habían agostado, la caza escaseaba y hasta en tres ocasiones hubo escaramuzas por el territorio que mi tribu había acordado como propio durante el último Gran Consejo de los Clanes. Pero no quería ni pensar que la culpa estaba en el vientre de mi madre. Peor aún, en quién había causado aquel embarazo. Por mi bien, no quería pensarlo.
Cuando faltaba solo un mes para el nuevo Samaihn y el vientre de mi madre no dejaba de crecer, Quinn reunió a la tribu frente a la hoguera. Habló como siempre, con palabras escasas pero robustas y sabias como los huesos de Gaya. El miedo desapareció de los rostros y las sonrisas florecieron cuando Quinn terminó con humor su discurso.
Sobre mi pecado, nada dijo. Y yo se lo agradecí en silencio, cruzando una mirada cómplice cuando la reunión acabó y, serena, nuestra tribu volvió a sus chozas.

A media tarde del Samaihn, mamá rompió aguas. Al caer el ocaso, Quinn salió de su tienda muy agitado y ordenó que todo hombre, mujer y niño se reuniera a la entrada del pueblo; había vislumbrado algo en los huesos, una visión del futuro inminente, y por segunda vez volví a ver el miedo en sus ojos. Ya en la noche, cuando mirábamos juntos, frente a la empalizada,  cogidos de las manos sudorosas, la caída del Aguas Vivas en lo profundo del valle, los vimos.
Los muertos se acercaban.

El parto

No dijeron ni una palabra.
Con un gesto, nos indicaron que los siguiéramos. Y con un gesto nos ordenaron detenernos. Frente a nuestra cabaña, unieron las manos en un corro. Y fuera del círculo sólo estábamos los vivos, mi padre y una anciana de largos cabellos y ojos blancos que me resultó familiar. Su mirada vacía clavada en mí me reveló la verdad con un estremecimiento.
Mi abuela sería la partera.
Entraron y nosotros nos quedamos fuera, observando el cinturón de cuerpos grises de brillantes tatuajes violetas que protegían mi cabaña. Sentía las miradas clavadas en mí y mis mejillas ardían. Busqué con la mirada a Quinn y Brian, pero ambos eran el alma del pueblo y no podían mostrarme su afecto en semejante situación. Al fin, encontré a Glen. Y, tras mirarme un instante, desvió la mirada, apuntándola al suelo.
Lloré, pero no volví la mirada cuando él la levantó. Aunque agradecí, bajo la rabia, que ya no volviera a separarla de mí. Pues su mirada no era como la del resto del pueblo. Las otras cortaban y la suya era una caricia.
Cuando madre comenzó a gritar, el único sonido que nos llegaba de la casa, una mano encontró la mía. Glen. Y en su rostro pude leer dos cosas: «Perdón y estoy aquí para siempre». Acaricié suavemente su piel con el pulgar, devolviéndole su mudo mensaje. Te perdono y también yo estoy para ti. Para siempre.
Así pude aguantar los gritos de madre. Y el silencio que sobrevino después.
Abuela fue la primera en salir de casa. Había sangre en sus manos y en la capa de negras pieles con la que se cubría. Pero al pasar a mi lado, mi corazón volvió a su lugar. Fugaz, tanto que casi parecía no haber existido, vi su sonrisa. Una sonrisa que me decía: «madre está bien».
Padre, sin embargo, no me dedicó el menor gesto. Su rostro, serio y frío como el pedernal, pasó sin volverse ni levemente hacia mí. Y en esa ignorancia comprendí que mi pecado estaba lejos aún de dar sus verdaderos frutos.
Pero madre estaba bien. Y todo lo demás, al menos entonces, importaba bien poco.
Tan pronto se deshizo el corro de los muertos y la callada procesión se alejó de mi cabaña, solté la mano de Glen y corrí a la cabaña. Mi hogar estaba oscuro, pues los muertos no necesitaban luces para ver. Tomé pedernal, eslabón y un manojo de hierba seca.
—Ven… Ven, Alda —la voz jadeante de mamá, la anaranjada aura iluminó su rostro cansado y arrebujado entre las pieles; tenía algo entre los brazos—. Ven a ver a tu hermano.
Algo temerosa, me acerqué. Esperaba oír chillidos y lloros. Pero aquel bebé estaba completamente callado y por un momento temí que hubiera muerto. Sin embargo, cuando mamá me lo mostró, dos ojos brillantes me devolvieron la mirada, pues ya los había abierto.
—Ten, cógelo —dijo mamá—. Coge a tu hermano.
Lo cogí. Apenas pesaba, mucho más leve que cualquier otro bebé de la tribu. Su piel era pálida, del color de la ceniza, pero extramente hermosa y muy suave. Y sus ojos eran bicolores, uno dorado y otro violeta, con el mismo resplandor que los tatuajes de los muertos. Y me devolvían la mirada.
Era dulce, frágil y bello. Era extraño, pero en su mirada se adivinaba un alma noble y sabia. Y era mío. No podía explicar por qué. Pero así lo sentía. Mío. Como mis manos o mis ojos. Mío.
—Kevin —susurré—. Eres bello, Kevin.
Madre sonrió.
—Sí lo eres, Kevin. Muy bello.
Kevin siguió mirándome con sus ojos de dos colores.
Y, por un instante, aunque seguramente lo imaginé, creí ver que me sonreía.

Kevin

Durante siete años de luz y siete años de sombra, Kevin fue mi mundo.
Mi rol en la tribu había cambiado. Con el secreto de mi pecado a salvo, me convertí en una de las guerreras y cazadoras del consejo. Partía a todas las cazas, luchaba en aquellas batallas por el coto de nuestra tribu y, en boca de todos, era digna heredera de mi sangre. Aunque sonreía al oír la alabanza, la alegría no pasaba nunca de mis labios. Sabía muy bien que pensaban de mí mis ancestros.
Pero el tiempo que no pasaba con el arco o la espada, se lo dedicaba a Kevin. Dejándome llevar por su manita, igual de suave año tras año, paseaba con él más allá de la empalizada, internándome en lo profundo del bosque. Kevin adoraba visitar los túmulos, detenerse en el claro sobre el que se alzaban las tumbas de nuestros antepasados y quedarse mirándolos en silencio. Aunque pronto me aburría, yo permanecía sentada a su lado, observando de tanto en tanto sus extraños ojos y preguntándome qué verían.
Una vez me atreví a preguntárselo y su respuesta me estremeció.
—El dorado ve la vida. El violeta ve la muerte. Y todas las cosas están allí y aquí.
Tenía solo tres años cuando me habló así.
Desde ese día, Kevin me describió cómo era el mundo de los muertos. Un mundo de caza; de lucha sin fin entre clanes; de honor y batalla. Yo imaginaba ese mundo siempre con una sonrisa, el edén de los guerreros, una vida eterna para demostrar el valor y la destreza con las armas sin el miedo a la muerte. A Kevin, sin embargo, no le gustaba la muerte. «La muerte se repite muchas veces», me decía. «Siempre es lo mismo. La vida es diferente. Más nueva, más divertida».
Yo no entendía la diferencia, no entonces. Porque la vida también parecía repetirse a menudo. Así lo pensaba.

Al igual que madre, Kevin no gustaba de la espada. Nunca combatió con los otros chicos y el extraño color de su piel y sus ojos, por no hablar de su nacimiento, lo apartó del resto de la tribu. Día a día, acompañaba a madre a los trabajos del campo y, ya de vuelta en casa, trabajaba con ella haciendo moldes para joyas o tallando cristal. Aunque su sangre estaba aguada, madre era la mejor artesana del pueblo. Y Kevin sería al menos tan bueno como ella. Sus diseños tenían, además, el atractivo de lo extraño. Las formas y colores que usaba Kevin, aun cuando pudieran expresar algo tan sencillo y común como una bellota o una ardilla negra, parecían de otro mundo. Y yo sospechaba que las ideas venían de aquel ojo violeta que veía la muerte.
Madre estaba encantada con tenerlo siempre a su lado y respondía con un bufido cada vez que yo intentaba hacerle ver cuánto necesitaba Kevin hacer amigos.
Pero Kevin prefería el hogar. Madre y yo. Y sus muertos.
Sin embargo, incluso aquella nube gris se volvió blanca. Y lo hizo cuando Tarannis ensombrecía nuestra aldea con la más temible tormenta. La guerra.
El gran consejo se reunía en la tienda de Quinn. Brian por nosotros, los Hijos de Lug. Melvin por los ofensores, los Raídos. Y Aldair, de los Cuervos Sangrientos, como testigo. Se me había permitido asistir a la reunión, pero no hablar, y en silencio observaba la furiosa discusión de los tres altos jefes.
Quinn y Aldair trataban de calmar los ánimos. Pero Brian siempre había tenido la sangre viva y Melvin era, en honor a la verdad, un imbécil bravucón. Los Raídos habían traspasado nuestro coto y cazado en nuestras tierras. Aún peor, habían matado a tres pobres muchachos que practicaban con el arco en un claro, emboscándolos con cobardía por tres a uno. Brian pedía cuatro cabezas de Raídos por cada uno de nuestros muertos. Melvin, la absolución completa, ya que, en su opinión, la matanza fue una defensa de su coto de caza, que había sido vulnerado.
Tanto Brian como Aldair, e incluso Melvin, sabían que la razón estaba de nuestro lado. Pero bastaba que la voluntad de un jefe se opusiera para que dos tribus se declararan la guerra. Y en la guerra morirían muchos más que en cualquier ajuste de cuentas.
Fue en lo más vivo de la discusión, cuando Melvin se había atrevido a desenvainar un cuchillo y Brian había bajado su voz y perdido palabras, pues así se expresaba siempre en la furia, que la entrada de la tienda se descorrió. Y allí estaba Kevin, sonriendo a nuestros estupefactos rostros.
—¿Quién coño es este gorrión? —tronó Melvin—. ¿Qué hace un mocoso en…
—Enfría tus palabras, Melvin, hijo de Kenneth, jefe de los Raídos —respondió Kevin con aquella voz dulce pero madura que tanto asombraba a los adultos—. Tanto calor acabará por asarte la lengua.
La ira y sorpresa de Melvin fueron tantas que se quedó sin palabras. Y Kevin no perdió ni un instante su oportunidad.
Dijo que los ancestros le habían hablado en el bosque. Dijo que Melvin debía avergonzarse y pedir perdón no solo a los Hijos de Lugh, sino a sus ancestros y a sí mismo. Dijo que el mismo Kenneth no podía creer que su hijo fuera, además de un cobarde, un mentiroso.
No era difícil predecir qué pasaría. A medida que Kevin hablaba, Melvin fue perdía color en el rostro, como si el fuego de su ira prefiriera refugiarse dentro de él. Y cuando Kevin mencionó a su padre y el desprecio que sentía por cómo actuaba su hijo, explotó.
Veloz como una víbora, alzó a Kevin del suelo con una mano mientras con la otra desenvainaba el puñal. Y allí hubiera muerto mi hermano, destripado como un conejo, de no ser por la voz.
Surgió de la pequeña y fría hoguera con la que Quinn iluminaba levemente la cabaña. Las llamas pasaron del azul al violeta cuando la voz comenzó a hablar. Era profunda y triste. Pero con el acero del mando en cada palabra.
—Hijo, suelta a ese niño.
Eso fue lo primero que ordenó a Melvin. Luego le ordenó pedir perdón a nuestra tribu, retirarse a sus tierras y ceder el mando de los Raídos a otro hombre mejor que él. Y Melvin, pálido y gris como las cenizas, obedeció cada una de las órdenes sin una queja.
Pues esa voz era la de su padre.
Y así a partir de ese día, aunque Kevin siguió siendo solitario, la tribu lo trató con respeto y admiración. Quinn comenzó a enseñarle los secretos de la magia y Brian los asuntos que conciernen a los jefes, pues ambos veían en él ya un futuro sabio druida.
Yo me alegré profundamente y pensé que las sombras se habían alejado para siempre de mi familia.
Pero las sombras volvían una vez al año, cada Samaihn. Tras la pesada cortina de pieles, Kevin y yo permanecíamos en silencio, mi pequeño hermanito sentado en mi regazo y chupándose el dedo como cuando era un bebé. Al otro lado, oíamos los susurros de madre y padre sin entender las palabras, pero adivinando las emociones. Madre siempre sollozaba y parecía pedir piedad. La voz fría de padre hervía de ira; pero siempre la contenía y parecía ceder ante madre.
Kevin me miraba muy fijamente, sus ojos relumbrando en la oscuridad. Y yo leía la pregunta sin responderla, pues también lo creía así. Madre y padre hablaban de él.

Cuidar de Kevin tenía un precio. Y ese precio era Glen.
Aunque seguía amándolo, me distancié de él y nuestros encuentros tras la cascada del Aguas Vivas fueron cada vez más escasos. Glen se daba cuenta de cómo me escapaba y aun así insistía en preguntar cuándo nos iríamos a vivir a nuestra propia choza. Yo, sin valor para decir «Nunca», me limitaba a abrazarlo y susurrarle al oído: «Pronto. Aún es pronto».
Pero el tiempo se me acabó la sexta noche de Samaihn desde el nacimiento de Kevin. Al calor de la hoguera, vi dos cuerpos danzando muy estrechamente, regalándose besos y caricias. Glen y Alda, la única chica del pueblo que compartía mi nombre. Aunque fuera una estupidez, me dolió aún más por ello.
Lloraba tras la cascada del Aguas Vivas cuando alguien me tocó el hombro. Alcé la mirada. Era Glen.
Abrazándome las rodillas y dándome la espalda, lo escuché. Dijo que me amaba, que deseaba una vida a mi lado más que nada, pero que no podía seguir esperando siempre. Me preguntó por última vez si iría a su lado. Y yo me quedé callada, sin volverme a mirarlo.
Cuando finalmente me volví, ya se había marchado. Miré la palma de mi mano izquierda, allí donde Quinn había trazado el tatuaje del triskel. La espiral del futuro se había desvaído más que sus hermanas gemelas, pasado y presente. Recordé las palabras de Quinn durante el discurso frente a la hoguera: «Temer el futuro».
Furiosa, desanudé la bolsa de cuero rojo de mi cinturón, me incliné sobre el agua y vertí, una a una, las piezas del fidchell que Glen había tallado para mí.
Luego, muerta de frío, emprendí el camino a casa.
Era la séptima noche de Samaihn desde que Kevin había nacido.

La decisión

Cuando crucé la empalizada, los muertos ya habían llegado. Todo estaba en silencio. Los mantos de pieles cubrían las ventanas y de los hogares no ascendía humo alguno. Era la segunda vez que veía el pueblo así y el recuerdo de esa otra ocasión me hizo estremecer.
Por un momento, pensé en volver al bosque y dormir al raso, mirando las estrellas sin pensar en nada. Y si lo hubiera hecho, todo habría cambiado. Para mí, para Kevin y para padre.
Pero no lo hice.

Cerca ya de casa, escuché las voces. Eran los susurros de siempre, furiosos en padre, suplicantes en madre. Pero algo había cambiado, pues se oía una tercera voz. La voz de Kevin. Y estaba llorando.
No dudé. Me encaramé a las piedras de nuestra choza y trepé, repitiendo el pecado del pasado. Gateé sobre la paja, me asomé al borde del agujero para el hogar y observé la escena.
De pie, gris y violeta, padre tomaba a Kevin de un brazo. De rodillas, la cara roja y húmeda, madre lo estrechaba del otro. Y Kevin, atrapado entre los dos, lloraba sin consuelo.
No me hizo falta comprender las voces para entender qué ocurría. Y esta vez, no caí torpe y estrepitosamente. Me dejé caer.
Hubo un momento de terrible silencio en el que todos me miraron. Padre con ira, madre con horror y Kevin con esperanza. Y antes de que padre comenzara a mentar el nombre de todos los demonios y sus negros hijos, me adelanté.
—Padre, la hija de tu sangre quiere hablarte.
Y hablamos.
Kevin no pertenecía al mundo de los vivos. Ni al de los muertos. Pero el Gran Consejo del Más Allá había decidido. El destino solo había concedido a padre y madre un hijo en vida. Este hijo lo era de la muerte. Y a la muerte se debía.
Al fin entendí todas las súplicas de madre y las réplicas enfurecidas de padre. Y entendí también el peso de lo que había hecho. No sólo había alterado un orden sagrado, mezclando lo vivo y lo muerto. Había condenado a mi pequeño hermano, lo que más quería en este o el otro mundo, a una vida en la muerte. Una vida en aquel eterno mundo de guerra y honor donde jamás encontraría su lugar.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas sin que pudiera contenerlas. Y, enternecido, padre me abrazó. Luego me abrazaron madre y Kevin y, juntos, nos unimos en un solo ser, triste pero amado y amante.
Entonces, justo cuando los abrazos se deshacían, comprendí mi destino. Mi pecado aquella noche, mi fracaso con Glen, mi amor por el arco y la espada. Y mi futuro truncado, aquel que llevaba inscrito sobre la palma por el cuchillo de Quinn.
Hablé y todo quedó sellado.

La llamada del Cazador

Cuando El Cazador brilla en la noche y el año oscuro comienza, los muertos vuelven al pueblo.
Madre y Kevin apagan la hoguera, cubren con pieles umbral y ventanas, y se quedan esperando, sonriéndose en la penumbra mientras juegan al fidchell con brillantes ágatas y perlas.
Cuando llegamos, padre abraza a madre y Kevin y yo salimos del hogar, cogidos de la mano, y dejamos que los mayores se amen.
Recorremos el pueblo silencioso, fingiendo que no nos hemos visto en mucho tiempo, sonriéndonos con los ojos al recordar las muchas miradas que hemos cruzado bajo los árboles, mientras yo marchaba a la caza del ciervo espectral o a la batalla con las tribus ancestrales.
Ya en el bosque, nos sentamos en nuestro claro favorito y miramos juntos las estrellas.
Y allí, muy cerca uno del otro, nos quedamos dormidos, aguardando a que El Cazador deje de brillar y su llamada nos lleve a nuestros mundos. Tan cerca el uno del otro.
Tan lejos…

© 2013, Ángel Luis Sucasas
Reproducido con permiso del autor


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