La perpetuidad de un edén remoto

Lunes, 4 de Noviembre de 2013

Antonio Castro-Guerrero

Vintage '63: JFK y otros monstruos

 

Dedicado a la memoria de Luis Cernuda, que descansa perpetuamente en un edén remoto.

Y también a la de Antonio Machado y su madre, Ana Ruiz, que apenas sobrevivieron un mes al dolor del exilio y que, sin embargo, ya llevan casi setenta y cinco años sobre la tierra amarga del destierro.

 

Solo existe un destierro más vasto que la muerte,

el olvido.

El silencio grave de la desmemoria me ha robado el nombre, pero

sé quién soy

porque aún conservo un puñado de recuerdos asociados al lejano día de mi infancia que conocí en la frontera franco-española a Antonio Machado, encuentro que posteriormente habría de precipitar mi inclinación hacia la poesía hasta el punto de llegar a convertirme, con el paso de los años, en biógrafo y traductor de otro exiliado español, el poeta Luis Cernuda.

A pesar de la determinación con que reivindico a diario la validez de mi pasado, no consigo que me devuelvan la memoria de mi vida. El personal médico que me trata en el hospital se empeña en censurarla. Todos parecen confabularse para negarme

quien soy.

Mientras unos sostienen que respondo a las características habituales de la enfermedad, otros afirman que soy un impostor, que jamás conocí a Luis Cernuda y que tampoco fui su biógrafo ni su traductor al francés. Pero lo cierto es que

su nombre

y, sobre todo, su poesía

envenenan mis recuerdos.

El sueño silencioso del tiempo ha borrado

los vestigios de mi existencia.

Apenas soy el sueño de un pensamiento. Si la muerte, como escribía Cernuda, es la victoria para el poeta, entonces yo soy un lázaro desorientado que regresa del destierro del olvido para aferrarme al único recuerdo que ha sobrevivido al naufragio de la desmemoria: el día que conocí a Antonio Machado.

Tuvo lugar en Cerbère, una población francesa cercana a la frontera española.

Sucedió el invierno de 1939. El sábado 28 de enero.

Aquella fecha quedó grabada en mi memoria con la fuerza de un tren que atraviesa una estación donde no tiene parada. Por aquel entonces yo era un niño, tan solo la epifanía de un edén remoto. Dos días antes había llegado al pueblo la familia española de un amigo con la noticia de que era inminente la invasión de la que tantas veces nos había hablado Pierre, el ferroviario.

—Cualquier día de estos los indios cruzarán la frontera.

Todo es verdad

menos el olvido,

así que sobreviviré a la censura de los médicos mientras sea capaz de rememorar una y otra vez los detalles de aquella jornada. Recuerdo perfectamente que mi hermano y yo solíamos reunirnos, acompañados a veces por nuestro amigo Gerard, para escuchar a Pierre en uno de los vagones estacionados en vía muerta. El viejo ferroviario debía tener más o menos la edad que tengo yo ahora que me consumo en el triste infierno del hospital. Pero por aquel entonces para nosotros el tiempo no era sino

una tregua interminable de inviernos en casa del maestro de escuela y de veranos de libertad y playa,

la alegría muda de un calendario sin hojas donde no tenía cabida la nostalgia,

una época de felicidad común que sobrevivió de alguna forma a la desmemoria en la cuartilla encontrada en el abrigo de Antonio Machado días después su fallecimiento.

Estos días azules y este sol de la infancia, fueron las últimas palabras que escribió el poeta.

Ahora que ha pasado el tiempo y se aproxima el septuagésimo quinto aniversario de su muerte, regreso mentalmente a Cerbère para poner valor delante del personal médico mi vocación poética a partir del recuerdo de aquel día que, siendo niño, coincidí con el poeta en la estación de ferrocarril. A pesar de las reticencias de quienes me examinan, a mí no me quedan dudas de que aquel encuentro con Antonio Machado habría de iluminar en el futuro el oscuro vacío de mi vida.

El día anterior a aquel sábado de enero mi hermano, nuestro amigo Gerard y su primo español me estaban esperando al salir de la casa del maestro de escuela para ir a jugar en los arenales de la playa o a las montañas cercanas. Empezaba, pues, el fin de semana

con toda su promesa de libertad,

el halo virginal de la inconsciencia infantil.

Pero el invierno, como ahora la desmemoria, se había conjurado en nuestra contra; llevaba días amenazando mal tiempo y la lluvia parecía estar aguardando el momento oportuno de derrumbarse sobre el pueblo. Fue salir por la puerta de la casa del maestro y empezar a diluviar. En esos casos siempre nos quedaba el consuelo de subir a la estación de tren situada por encima del pueblo y buscar a Pierre para que nos contara las aventuras de su pasado ferroviario en el lejano oeste, que él narraba con todo lujo de detalles por mucho que la película de su memoria hubiera ido envejeciendo y los fotogramas hubieran adquirido el tono amarillento y el aspecto quebradizo de la hojarasca seca.

Pierre era un ferroviario casi tan viejo como el propio invento del tren, cuyos días de retiro se consumían en las largas horas de la indolencia dando vueltas por las dependencias de la estación. Aquella tarde de viernes lo encontramos mirando fijamente el túnel del ferrocarril que perforaba el monte y comunicaba con España. A pesar de la lluvia y la distancia, pudimos ver a unas cuantas mujeres, refugiadas en la galería, esperando la llegada de la noche para acercarse hasta el pueblo a comprar pan, aun a riesgo de pagar precios desorbitados. A lo largo de la historia se ha demostrado que las situaciones de excepcionalidad hacen aflorar lo mejor del ser humano, pero también lo peor; de otra forma no se entenderían los abusos cometidos aquel invierno sobre los españoles, ni que se hayan venido repitiendo a lo largo de la historia la vergüenza de los trenes del exilio y los campos de refugiados.

La rutina de Cerbère,

el plácido bostezo de la costumbre,

saltó por los aires en cuanto los primeros españoles cruzaron la frontera. Éste fue el primer pálpito de una llama que habría de convertirse en el incendio imparable que puso en jaque a las autoridades locales, a pesar de que aquella noche el diluvio universal se concediese una segunda oportunidad y se derrumbara sobre el pueblo, trayendo desde las montañas ríos de agua y tierra que, desde el mirador de la estación, saltaban sobre los tejados de las casas cercanas a la playa. Ni siquiera la furia de la tormenta consiguió desanimar a los españoles que esperaban cruzar la frontera por el puesto de Balitres.

Días atrás, con los primeros refugiados, había llegado al pueblo la familia española de nuestro amigo Gerard, procedente de Barcelona, donde su padre trabajaba en las rotativas de La Vanguardia. La madre era la tía de Gerard y ese parentesco fue precisamente el pasaporte que les permitió franquear el paso en la frontera,

la línea consignataria de la injusticia.

El padre de Gerard nunca había terminado de aceptar que su hermana se hubiera casado con un español, pero aun así intercedió por ellos haciendo valer su condición de suboficial de la gendarmería. Se instalaron en su casa con la esperanza de que la situación se normalizara en breve. En España, sin embargo, todos los acontecimientos apuntaban hacia la derrota definitiva de los republicanos. De hecho, en previsión de que aquello provocara otra avalancha de refugiados, el Gobierno francés había desplazado, desde las poblaciones cercanas a Cerbère, gendarmes y soldados senegaleses y los había acuartelado en la frontera. Dicha situación de excepcionalidad exigía del padre de Gerard una entrega aún mayor a sus funciones como suboficial, de ahí que apenas tuviese tiempo para ver a su familia. No obstante, cada vez que pasaba por casa, repetía la misma letanía:

—Solo hay que esperar que el Gobierno se mantenga firme y no ceda a las presiones. La situación ya es de por sí preocupante. Pero, como den orden de abrir la frontera, esto va a ser un caos.

Un discurso menos caótico es lo que me demandan los médicos que me tratan; reclaman que me ciña a los hechos y que no ceda a la tentación de adornarlos. Si me pliego a sus exigencias, es porque no tengo ninguna esperanza de que unos hombres de ciencia como ellos valoren la poesía en su justa medida. Lo que no estoy dispuesto es que, en aras de la claridad del procedimiento científico, minusvaloren las escasas ruinas que quedan en pie de mi pasado. Cada vez que tengo ocasión reivindico mi condición de biógrafo y traductor de Luis Cernuda. A pesar de que me escuchan sin disimular su escepticismo, relato de nuevo cómo emigré de Francia voluntariamente, cómo me instalé en México y cómo entablé contacto con el poeta sevillano, que se había visto obligado a tomar el camino del exilio tras la Guerra Civil española al igual que hizo su paisano Antonio Machado. Les hago ver que ambos se profesaban mutua admiración hasta el punto de que, al confirmarse la muerte del segundo el 22 de febrero de 1939, Luis Cernuda le dedicó una de sus obras más bellas, una elegía titulada A un poeta muerto (A.M.R.). Un médico revisa sus papeles y, después de consultar la documentación, sonríe con indulgencia. Entonces uno de sus compañeros me tiende una fotografía de Antonio Machado tomada unos días antes de cruzar la frontera, en la población catalana de Cervià de Ter. Mirándola, es imposible sospechar que apenas le quedaba un mes de vida y una veintena de kilómetros para llegar a Collioure donde finalmente fallecería. Es cierto que en la imagen se ve a un hombre fatigado, abatido, tal vez enfermo, pero nadie, ni siquiera él mismo, podía imaginar que su final estuviese tan cerca, sobre todo cuando aquella madrugada de viernes a sábado iniciaban una nueva vida en el exilio.

Me imagino a Antonio Machado aquella noche, acompañado por su madre, su hermano José y Matea, la esposa de éste,

los cuatro desdibujados bajo el aguacero,

perdidos en medio de la multitud de refugiados españoles,

en alguna parte de las montañas que rodean el pueblo de Cerbère, sin otra esperanza que la huida al destierro,

aguardando con paciencia la ocasión idónea para cruzar la frontera.

—Así es cómo solían actuar los indios— nos explicaba el viejo ferroviario—. Se escondían y aguardaban pacientemente su oportunidad y entonces, ¡zas!, aparecían a cientos.

El viejo Pierre solía repetirse a menudo; es posible que tuviese los mismos problemas de memoria que yo padezco ahora. Pero nosotros escuchábamos sus historias del oeste con la devoción del primer día. Recuerdo que aquella jornada, al igual que otras tardes de lluvia, corrimos a refugiarnos en un vagón estacionado en una vía muerta. Nos sentamos alrededor del ferroviario. Con nosotros venía el primo español de Gerard a pesar de no hablar nuestro idioma. De vez en cuando, nuestro amigo se veía obligado a traducirle al catalán lo que contaba el ferroviario. En el techo, mientras tanto, resonaba la ira vengativa del aguacero. Pierre no escatimaba detalles a su narración: nos explicaba indistintamente cómo las coronas de plumas distinguían a los guerreros más valerosos, cómo temblaba la tierra cuando, para interceptar el ferrocarril, los jinetes cheyennes se lanzaban al galope y cómo la estela de polvo que dejaban sus caballos ascendía hasta las montañas nevadas.

Cuando un par de horas después nos despedimos del ferroviario, todavía seguía lloviendo con fuerza. A mi hermano y a mí nos esperaba en casa nuestra abuela, que, con una entrega con no conocía el desaliento, se esforzaba por llenar el vacío dejado por nuestros padres. A Gerard tampoco le esperaba en casa el suyo por estar acuartelado junto con los demás gendarmes de la región. En el mejor de los casos, lo recibía la madre… si es que la mujer lograba sobreponerse a su habitual letargo. Gerard nos contaba que su madre se pasaba los días tumbada en la cama, durmiendo a pesar de que la casa estaba junto a las vías y el paso de los trenes hacía temblar las paredes; únicamente se levantaba cuando llegaba a casa su marido, no para recibirlo con un beso o para interesarse por los últimos acontecimientos de la frontera, sino para consumar una venganza que venía de antiguo,

un arrebato cainita,

sentándose para ello delante del piano de pared, que era el último vestigio de un pasado presuntamente glorioso.

—De joven, mi madre era una pianista famosa— insistía Gerard a menudo—, pero renunció a todo para casarse con mi padre.

En una época en que el invento de televisión era una entelequia,

tan solo un sueño en la mente de los dioses,

y las ondas de radio a duras penas llegaban al pueblo, no había vecino que no la hubiese oído tocar aquel piano viejo y ruinoso, algunas de cuyas teclas habían enmudecido por el uso constante y donde, a fuerza de restarle notas, la música de Mozart sonaba con la claridad polifónica de Bach. Gerard nunca supo explicarnos a qué se debían los desperfectos del teclado, aunque la hipótesis más extendida en los mentideros del pueblo señalaba como culpable al padre y sus habituales accesos de ira. Pero lo único cierto era que la madre de Gerard interpretaba siempre la misma pieza: la Fantasía en re menor, una partitura que, curiosamente, quedó inconclusa como su propia carrera pianística. Recuerdo haber descubierto años después que a Machado le agradaba especialmente la obra sinfónica de Mozart, así que me alegra pensar que tal vez pudo escuchar su música durante su breve estancia en Cerbère.

Intuir una simple mueca de contrariedad en uno de los miembros del personal médico que examinan mi enfermedad, me obliga a sustanciar los pormenores de mi relato. De todas formas, espero que entiendan que no puedo prescindir de algunos detalles sin que se resienta la narración. Una vez que Lázaro recupera fugazmente su pasado y resucita a la fiebre de la vida, no se le puede pedir que renuncie a caminar.

Fue Corpus Barga, literato y conocido de Antonio Machado, quien logró agilizar los trámites burocráticos para que aquella madrugada el poeta y su madre pudiesen cruzar la frontera, en medio del diluvio. Por fortuna a la mañana siguiente dejó de llover. Aun así el frío continuaba siendo intenso y bajaba de las montañas arrastrado por la tramontana. Como todos los sábados de invierno, después de desayunar en casa, corríamos a la estación y nos reuníamos con Pierre para dejarnos embaucar una vez más con la épica mentira de sus aventuras. Gerard se presentó sin su primo español. El ferroviario nos estaba esperando al final del andén, con las solapas de la trinchera subidas para combatir el viento helado. Lo seguimos en silencio atravesando la estación de ferrocarril hasta llegar a las vías muertas. Allí, como casi siempre, había un vagón detenido,

como el testimonio de un naufragio.

Antes de subir a él, Pierre nos señaló las montañas levantando el brazo; sobre la línea del horizonte se divisaba un puñado de hombres, algunos de ellos montados a caballo.

—Los cheyennes eran jinetes extraordinarios— nos explicaba—. Ni siquiera se estaba a salvo en un tren desplazándose a toda máquina. Eran capaces de abordarlo en plena marcha.

El ferroviario era consciente de la admiración que despertaba en nosotros. Por aquel entonces cualquier habitante de Cerbère podía vernos siguiéndole por las dependencias de la estación, mendigando el relato de sus aventuras. En un invierno tan crudo como aquel, tampoco teníamos muchas más opciones de diversión. Así, pues, nos sentábamos entusiasmados a su alrededor para oírle contar la forma en que los jinetes cheyennes aparecían de improviso en la línea del horizonte y cómo asaltaban los ferrocarriles; cómo los más viejos de la tribu abogaban por la paz mientras que los jóvenes luchaban por sus tierras y, en última instancia, por defender su propia libertad para no acabar confinados en la vergüenza de las reservas. Creo recordar que, tiempo después, asistiendo a las proyecciones de un ciclo de cine mudo, me pareció reconocer en la epopeya del ferrocarril que conectó ambas costas norteamericanas aquellas peripecias que Pierre nos relataba en la penumbra de aquellos vagones abandonados.

A lo largo de la narración, el personal médico me interrumpe a menudo, de forma sistemática, como siguiendo un plan establecido. Supongo que esperan encontrar una falla en la proyección de mi memoria con la que invalidar mi determinación de postularme ante ellos como biógrafo y traductor al francés de la obra poética de Luis Cernuda.

Continúo sin atender a sus demandas.

Recuerdo que aquella mañana de sábado Pierre se manifestó de forma más misteriosa que de costumbre.

—Ya están aquí— anunció.

Luego nos invitó a subir al vagón abandonado, que, a diferencia de otras ocasiones, estaba ocupado. Un grupo de personas había pasado allí la noche cobijándose de la lluvia, unos refugiados en cuyas miradas era fácil advertir el miedo y la tragedia del exilio. Según nos contó Pierre, aquella madrugada no solo no se había marchado a dormir a casa sino que se había quedado merodeando por la estación. Y precisamente allí, en la cantina, había encontrado a aquellos españoles que acababan de cruzar la frontera y buscaban desesperadamente un lugar donde secarse y descansar, sobre todo pensando en la anciana enferma que iba con ellos. Al parecer, en Cerbère no quedaban habitaciones libres. Después de agotar todas las posibilidades sin demasiada fortuna, el ferroviario les había recomendado refugiarse en el vagón estacionado en la vía muerta.

Al vernos aparecer, salió a nuestro encuentro el hombre más viejo del grupo, cuyo aspecto denotaba

un cansancio de siglos pasados,

más allá de lo puramente físico; se le veía abatido, derrotado, como no pudiese sobreponerse a la pesada losa del exilio. Aun así en sus rasgos se traslucía cierta dignidad de jefe indio. Entenderse con él no fue especialmente difícil porque la proximidad de la frontera favorecía el bilingüismo. Manifestaba una profunda preocupación por el estado de salud de la anciana que descansaba en uno de los asientos del vagón. En sus cabellos grises y en su apariencia de fragilidad reconozco ahora, transcurrido el tiempo, la figura de Ana Ruiz, la madre de Antonio Machado, y al propio poeta en aquel hombre que se desvivía por ella.

Los gendarmes y los soldados senegaleses tenían órdenes estrictas de separar a las mujeres y los niños y encerrar a los hombres en los campos de refugiados habilitados en el interior o en las playas cercanas. Conmino a los médicos a echar un vistazo a cualquiera de las fotos tomadas en las calles de Collioure, abarrotadas por los españoles en plena huida, para darse cuenta de la verdadera magnitud del problema que supuso una avalancha de casi medio millón de refugiados para aquellos pueblecitos de pescadores. Las autoridades locales acabaron decidiendo que confinarlos en campos de internamiento era la solución más viable. A Machado debía aterrarle especialmente la idea de que lo separasen de su madre. Pierre, que se había percatado de ello, le brindó su protección para ir a desayunar a la cantina de la estación. Nosotros actuaríamos como avanzadilla, al igual que lo hacían los exploradores indios.

—En marcha, chavales, que esta gente necesita tomar algo caliente.

Entre todos, ayudamos a bajar a Machado del vagón porque se encontraba muy débil. De hecho, a pesar del apoyo de un bastón, le costaba caminar con normalidad. Después de pasar la noche en el vagón sin poder quitarse la ropa mojada, en su pecho resonaba una tos preocupante. Por suerte, con la llegada del amanecer, la lluvia había concedido una tregua al pueblo, dejando que el sol se abriera paso entre las nubes.

En la cantina de la estación, nos encontramos con el primo español de Gerard y con su padre, que abandonó su posición en la barra nada más reconocer al poeta.

—Don Antonio— dijo tendiéndole la mano—. Usted no sabrá quién soy, pero en Barcelona yo trabajaba en las rotativas de La Vanguardia. Todavía recuerdo su último artículo del 6 de enero lamentando la pasividad de Inglaterra y Francia.

Esta concesión a la vanidad no encontró eco en el poeta; al contrario, su ánimo sufrió un fuerte revés al enterarse de que habían destruido las rotativas del periódico antes de abandonar la ciudad.

—Pero, don Antonio, no podíamos permitir que cayeran en manos de los fascistas.

Ni por esas el poeta se mostró entusiasmado con la noticia. Años más tarde, gracias a los testimonios de su hermano José, de Corpus Barga y otras personas que compartieron con él los primeros días del exilio, se supo que Machado se encontraba sumido en tal estado de abatimiento que apenas mostraba interés por nada, ni siquiera por la idea de escribir. Apenas pudo garabatear un verso suelto: estos días azules y este sol de la infancia. En el escaso mes de vida que le quedaba no consiguió vencer aquel estado de postración,

la tierra negra de la desesperanza.

A lo sumo, se sobreponía momentáneamente al desánimo para interesarse por el estado de salud de su madre y renovar ante ella el ardid del engaño, una promesa que nunca llegaría a cumplirse:

—En unos días llegaremos a Sevilla.

Al enterarse del delicado estado de salud de Ana Ruiz, el trabajador de las rotativas propuso a Machado llevarla a casa de su cuñado, el padre de Gerard, donde su propia familia estaba alojada. No se trataba de una vivienda amplia, pero confiaba en encontrarle acomodo aprovechando que el padre de familia estaba acuartelado y apenas pasaba por casa.

—Se lo agradezco de corazón— respondió el poeta—, pero esperamos poder tomar el tren esta misma tarde.

En vista de que la victoria de las tropas sublevadas era inminente, nadie en Cerbère aceptaba dinero emitido por la República española, por lo que el puñado de monedas que Antonio Machado depositó sobre la barra carecía de valor. El camarero se mostró inflexible a la hora de exigir el abono de la cuenta con dinero de curso legal. Ante el cariz que estaba tomado el asunto, fue Pierre, el ferroviario, quien pagó la consumición.

De repente, hasta la cantina llegaron voces de alarma procedentes de la calle. Pierre pidió que nos asomáramos a la puerta. Por las vías se acercaba un grupo de esos soldados senegaleses que se paseaban por las calles del pueblo y por las dependencias de la estación reclutando levas de españoles sin documentación con destino a la reserva de Argelès—sur—Mer. Irrumpieron en la cantina con la rabia de los desheredados. El trabajador de las rotativas hizo valer su parentesco familiar con un gendarme para justificar su presencia en territorio francés. La situación de Antonio Machado, sin embargo, era bastante más comprometida. El hecho de que hubiese olvidado la documentación en el vagón y que formase parte de un grupo de refugiados complicaba extraordinariamente la búsqueda de una solución. En su favor intercedió en primer lugar el ferroviario y a continuación el trabajador de La Vanguardia, pero los senegaleses no estaban dispuestos a ceder. De hecho, se habrían llevado al poeta de no ser por la repentina aparición del padre de Gerard.

—¿Qué sucede aquí?

Al instante, la cantina quedó en silencio. Los senegaleses se apartaron para dejarlo pasar. Gerard aprovechó la confusión para esconderse detrás de mí; recuerdo que lo sentí temblar a mi espalda. El ferroviario medió de nuevo en favor del poeta, aunque solo fuera pensando en el delicado estado de salud de su madre.

—Aquí no hay nada que hacer— dijo el padre de Gerard a sus subordinados—. ¡Largaos!

Los senegaleses abandonaron la cantina apresuradamente para continuar la ronda por la estación; para entonces los refugiados sin documentación ya habrían corrido a esconderse. El trabajador de La Vanguardia intentó congraciarse con su cuñado, pero éste lo atajó con un gesto autoritario. Inmediatamente después se abrió paso entre los presentes y se detuvo delante de mí.

—Gerard, deja de esconderte como un cobarde y vete a casa. Y que sea la última vez que te vea con esta gente.

Mi amigo abandonó el refugio de mi espalda y salió cabizbajo por la puerta. Su padre le siguió dejando, suspendida en la cantina,

una pesada sensación de desaliento.

El primero en sobreponerse a la sorpresa inicial fue Antonio Machado.

—Discúlpenme, caballeros, pero tengo que marcharme. Mi madre me necesita a su lado. Adiós.

El desayuno de ambos quedó intacto sobre la barra. Lo vimos marcharse con tanta dificultad, apoyándose en el bastón, que decidimos acompañarlo hasta el vagón. Pierre le prometió hacer valer toda su influencia como antiguo ferroviario para conseguir plazas libres en el tren de la tarde sin sospechar que, unas horas después, Corpus Barga regresaría de su viaje a Perpignan con dinero y un salvoconducto de las autoridades españolas en el exilio. Posiblemente el viejo ferroviario nunca llegó a saber la verdad: que Antonio Machado y su familia habrían tomado igualmente aquel tren en dirección a Collioure aunque él no se hubiese desvivido por ayudarles.

Era mediodía cuando nos separamos. Mi hermano y yo regresamos a casa para no preocupar innecesariamente a nuestra abuela. En la mesa nos esperaba el almuerzo. ¡En cuántas ocasiones he echado de menos aquellos guisos pobres que sabían a gloria y aquella época de escasez donde el tiempo parecía detenido sobre las hojas muertas del calendario! ¡Cuántas veces he añorado, al igual que Antonio Machado, aquellos días azules de mi infancia!

Casi sin darme cuenta, los años se sucedieron con la fuerza de un tren expreso, arrasando con todo, dejando únicamente indemne el recuerdo de aquellas jornadas de enero. Por Collioure pasaron Henri Matisse para pintar su luz, Robert Capa para fotografiar el drama de los campos de refugiados, el propio Antonio Machado camino del exilio… y todos dejaron constancia de su paso. Sin embargo, de la existencia de aquella gente anónima solo se conservan unas cuantas tumbas olvidadas en medio del sueño de piedra del cementerio. Y es que el tiempo no solo ha sido traicionero con ellos sino también conmigo al hurtarme la felicidad de los reencuentros.

La tiranía del olvido, no obstante, me concede una tregua oportuna frente a los médicos que censuran mi memoria. Es así cómo me parece recordar que a Pierre se lo llevó el ferrocarril que tanto amaba; una noche se echó a dormir en un vagón y lo encontraron muerto llegando a ese Perpignan donde había descubierto un pasado de película en las proyecciones de cine mudo. El padre de Gerard sintió que su obligación era colaborar con el Gobierno de Vichy para construir una Francia sólida frente al comunismo, pero al finalizar la guerra acabó siendo encarcelado por colaboracionista mientras su esposa se sentaba frente al piano para celebrarlo. Mi abuela, desgraciadamente, no superó los rigores de aquel conflicto bélico y falleció el invierno anterior a la firma de la paz. El trabajador de La Vanguardia jamás encontró trabajo en unas rotativas francesas y terminó en Pont Neuf escribiendo a mano cartas de amor por un puñado de monedas. Mi hermano y Gerard me precedieron en la emigración transoceánica, esperanzados en huir de la miseria posterior a la guerra, y nunca más volví a saber de ellos. El primo español de Gerard estuvo aguardando con paciencia la muerte del dictador para regresar a España y pocos días después pasó a engrosar la lista interminable de ciudadanos anónimos asesinados en atentado terrorista; su esquela apareció en el periódico donde su padre había trabajado cuarenta años atrás.

A medida que voy completando el relato, la desconfianza crece en la mirada de mis interlocutores. Es probable que ninguno de los médicos me crea a pesar de

la gozosa epifanía de mi memoria, aunque nada me extraña en estos tiempos donde

el cuchillo estéril de la mediocridad

lo relativiza todo, incluso la necesidad de recuperar mi pasado.

En vez de alentarme, el personal médico parece dispuesto a derribar el último fortín de mis recuerdos. Y para ello me proponen realizar una visita al cementerio de la localidad. Deben estar convencidos de que no seré capaz de localizar la tumba donde descansan los restos mortales de Antonio Machado y los de su madre, supongo que a ello fían su victoria, aunque cualquiera que resida en Collioure sabe dónde encontrarla.

Pero, nada más ponernos en camino, descubro con preocupación el verdadero alcance de los estragos producidos en mi memoria por la enfermedad. Me cuesta identificar el paisaje que se abre tras los cristales del automóvil. Si me reafirmo de nuevo en el inventario de mis recuerdos, es para no tener que admitir delante de los médicos que las calles por las que circulamos me resultan completamente desconocidas. Les habló otra vez de los motivos de mi emigración voluntaria, de mi anhelo de llenar de contenido el vacío de mi existencia más allá de las fronteras de Francia, del contacto que entablé con Luis Cernuda en México y del posterior regreso a mi tierra natal para convertirme en el traductor al francés de su obra poética. Mientras voy desgranando el relato de mi vida, los médicos se sonríen con suficiencia.

Cuando finaliza el trayecto, me cuesta descender del vehículo porque empiezo a dudar de mi memoria. Apenas consigo disimular el temblor de mis piernas. Ni el tipo de vegetación ni el aspecto exterior de las edificaciones me recuerdan a Francia. Comienzo a perder la fe en la definitiva resurrección de Lázaro. Al levantar la mirada y ver sobre el arco de entrada del cementerio las palabras Panteón Jardín, mi aprensión inicial se torna en certeza. Definitivamente, no estamos en Collioure.

Echo a andar en silencio. Los médicos me siguen por el laberinto del cementerio, murmurando a mis espaldas. Desando el camino polvoriento del olvido para que, al cabo de unos minutos, mis pasos me acaben conduciendo como una aparición frente a una tumba. En la lápida está tallado a perpetuidad el nombre de Luis Cernuda.

Me rodea un largo silencio. Al darme la vuelta para enfrentarme al personal médico, no encuentro otra cosa que el frío de sus miradas.

De repente, el gris relámpago de la inseguridad sacude mi ánimo.

No estoy dispuesto a aceptar la evidencia de mi derrota.

Ni admitir que estemos en la capital federal de México en vez de en el pueblo francés de Collioure.

Ni mucho menos que la tumba que hemos venido a visitar no corresponda a Antonio Machado.

Me paraliza el miedo al terrible abismo del olvido. Pero me siento derrotado. He perdido definitivamente mi identidad. Ahora sí que no soy nadie.

Ni tan siquiera el sueño de una nube.

El personal médico debía estar al tanto de cuál sería mi reacción al descubrir la verdad porque se apresuran a confortarme atribuyendo la impostura inicial y la posterior desmemoria a la acción propia de la enfermedad. Demuestran una comprensión de la que no han hecho gala mientras tenía lugar el asedio a la última fortaleza de mis recuerdos. Ahora dicen entender mi necesidad de construirme la ilusión de un pasado e incluso creen que parte de él pueda ser cierto. Consideran que mi apego a la obra de Cernuda puede deberse a que trabajara para alguna editorial en la publicación del libro Las nubes, por el que tanta predilección he manifestado de manera inconsciente, o que, en su defecto, tomase dicho poemario como referencia estilística a la hora de abordar mi veleidad creativa. No dudan que el origen de todo ello está relacionado con la impresión que produjo en mi ánimo el encuentro con Antonio Machado y la posterior visita a su tumba en el cementerio de Collioure. Por lo tanto, dan por sentado que jamás regresé a mi tierra natal y que tampoco traduje al francés la obra poética de Luis Cernuda.

Por mucho que los médicos pretendan animarme apelando al hecho de que admitir la enfermedad como propia es el primer paso para afrontarla, me consuelo cerrando los ojos y aferrándome al edén remoto de mi infancia. Pretendo disfrutarlo a perpetuidad ahora que empiezo a asumir que jamás podré regresar a mi patria.

Hacía el destierro precisamente partía el tren de las cinco de la tarde que tomó la familia de Antonio Machado. Habían cruzado de madrugada la frontera y, después de estar tan solo unas horas en Cerbère, se dirigían a Collioure. Gerard, su primo español, mi hermano y yo llegamos con el tiempo justo para verlo ponerse en marcha. Al final del andén estaba Pierre, el viejo ferroviario, intentando reconocer, entre los refugiados que se asomaban a las ventanillas, el perfil distinguido de un jefe indio. Pero Antonio Machado debía estar tan extenuado y los vagones tan abarrotados que el tren empezó a alejarse sin que ninguno de nosotros pudiésemos verle. Me habría gustado recordarme despidiéndole, agitando los brazos en el aire, en vez de quedarme paralizado en el andén y ver cómo el trabajador de las rotativas corría en pos del tren para subirse al último vagón. A nuestro lado, su hijo tan solo acertó a despedirse moviendo lánguidamente una mano.

El tren ya estaba tomando la curva cuando, de pronto, por debajo del chirrido de las ruedas al cambiar de vías, empezó a oírse ese piano que confería una claridad bachiana a la música de Mozart. Gerard comprendió inmediatamente que su padre acababa de llegar a casa y se marchó sin detenerse siquiera a buscar un pretexto. Quiero pensar que Antonio Machado, ya sea en el interior del vagón para no dejar sola a su madre o en el pasillo por no encontrar sitio donde sentarse, escuchó aquel recital tan inesperado como vengativo.

Me reconforta imaginar al poeta disfrutando de esa música de Mozart que tanto amaba y que ya no volvería a escuchar jamás, mientras seguía alimentando la mentira del retorno para consolar a su madre. Y es precisamente ahora, frente a la tumba de Luis Cernuda, a tan solo unos meses para que se cumplan setenta y cinco años de la muerte de Antonio Machado,

compartiendo con ambos la amarga desazón del exilio,

cuando el requerimiento de la madre del poeta adquiere una significación especial:

—¿Llegaremos pronto a Sevilla?

© 2013,Antonio Castro-Guerrero
Reproducido con permiso del autor


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